Hace días que estoy aplazando un tema en ese, mi diálogo con la vida y el amor, que me resulta extremadamente difícil de tomar. Hoy me voy a decidir y me encaminaré con las palabras por una senda que se me presenta minada por los recuerdos y vallada por la necesidad de evitar contar precisamente lo que voy a defender: la verdad. Con eso no quiero decir que vaya a lanzar al agua del papel mis argumentos protegidos con salvavidas y disfrazados para enturbiar su claridad, simplemente aviso de que el mal uso de la verdad me ha hecho mucho daño en mi ya larga vida y anuncio que voy a evitar hacer referencias claras sobre las implicaciones que el tema tiene en mis relaciones con personas concretas. Dicen que la verdad, aunque sea una, a menudo puede tener varias caras. Estoy de acuerdo: si yo te cuento que tu abrigo tiene una mancha y tu lo constatas la certeza de lo dicho será irrevocable, pero si yo te cuento que no me hablo con alguien por tal y cual motivo, harás muy bien en escuchar la versión del otro si quieres hacerte una idea aproximada de lo que ha pasado realmente, una idea que muy probablemente se acercará más a un caos mentalmente incomprensible que a otra cosa. La verdad suele ser relativa en demasiadas cuestiones no perfectamente constatables y esa cualidad la convierte en una arma de fácil manipulación y a veces muy dañino disparo. Así, ¿podríamos decir que una verdad mal contada puede llegar a ser peor que una mentira? Yo creo que sí, simplemente porque su falsedad suele ser menos fácil de detectar. Una cuestión delicada de preguntarse sería: Si la verdad puede tener varias caras, ¿cuántos rostros puede presentar la mentira? Imposible de calcular, ¿verdad? No sé si fue nuestra sociedad, u otras anteriores, la autora de esa romántica falacia: “Se coge antes a un mentiroso que a un cojo”. Convengo en que esa sentencia puede ser verdadera cuando nos encontramos ante una monumental mentira, pero los que llevamos años bregando en ese mundo tan traicionero que nos ha tocado sabemos que hay muchos astutos embusteros, ingeniosos patrañeros y retorcidos boleros que podrían editar una enciclopedia de cómo engañar al más listo, de cómo disfrazar una farsa a conveniencia hasta que parezca una verdad irrevocable. No, desgraciadamente los cogidos, los pillados por el toro de la condena, acaban siendo más las víctimas de los patrañeros que no los propios mentirosos. Si un día mis hijos me preguntan donde se encuentra la nobleza no dudaré en decirles que en la sinceridad, en la transmisión y la búsqueda de la verdad. Si me preguntan donde hay mayores provechos y beneficios, ¿qué debo responder? ¿Entenderán ellos que la honestidad puede ser por sí misma un provecho? ¿Comprenderán que de la cuidada ética y la irreprochable conciencia se pueden obtener beneficios? ¿Les estaré respondiendo de esa manera con la verdad? No, la mentira es más provechosa en muchos más campos y puede llegar a ofrecer muchos más y más variados beneficios que la verdad. En la era de la hipocresía, ¿se puede afirmar otra cosa? Mintiendo uno puede conseguir poder, bienes materiales y prestigio. Adulterando la verdad uno puede limpiarse de toda culpa o responsabilidad, ganarse el aprecio de los demás, o la pena, o incluso la admiración, si se prefiere. ¿Y entonces? ¿Como podemos vender la necesidad de apostar por la verdad si somos conscientes que ello implica enfilar un camino mucho más abocado a los riesgos? ¿Qué por qué digo eso? Venga, si está muy claro: si quieres luchar contra una mentira con unas mínimas garantías de vencer usa la imaginación e inventa otra mentira, cuanto más exagerada mejor. Porque con la verdad puedes entrar en combate, sí, e incluso puedes ganar el pleito, pero si al final lo consigues no dudes que tu triunfo será apelado por la parte contraria alegando juego sucio, falsedad en las pruebas o cualquier otra argucia. Y es que, mientras la verdad lo único que pretende es mantener el campo donde se retratan los hechos o las relaciones limpio y claro, la mentira se dedica a sembrar dudas, a manipular los útiles y a contaminar cualquier semilla de razón. Y así, ¿a ver quien es el guapo que consigue un campo neto y florecido? Si alguien que te quiere mal o que está resentido contigo empieza a contar que te han pillado con una señora saliendo de un meublée, que te despedías con un beso apasionado y que parece ser que no es la primera vez… ¿Cómo diablos te defiendes? Jurarás que es una invención, dirás que siempre has sido fiel a tu mujer, que puedes demostrar que aquel día estabas en otra ciudad,… Muy difícilmente conseguirás limpiarte. La verdad estará manchada y aunque tus argumentos puedan ser fundados y demostrables siempre quedará una sombra. Conseguirás como mucho sembrar la duda sobre la mentira, una duda que quedará fluctuando entre lo cierto y lo incierto. Pues, ¿que dicen siempre las malas lenguas? “Cuando el río suena, agua lleva…” Y tu ya puede alegar, una y mil veces: “Pero uno es inocente hasta que no se demuestre lo contrario…” ¿Para qué? Para casi nada servirá, ya que, “si el río ha sonado…” Hay algo en el mentiroso compulsivo que quizás sí que podríamos utilizar en su contra. Podríamos contar a nuestros hijos el cuento de aquel pastor que mintió varias veces anunciando el ataque del lobo, consiguiendo movilizar a todo un pueblo para luego reírse. El día que el lobo apareció de verdad nadie, nadie, acudió a sus demandas de socorro… He podido constatar que aquel o aquella que se acostumbra a sacar provecho de las mentiras acaba viciándose tanto que suele traspasar el límite de lo prudente. Empiezan mintiendo sobre cuestiones realmente importantes y terminan mintiendo sobre cualquier cosa, a veces sobre verdaderas tonterías que no precisarían de ningún apaño. Y allí sí, allí les acaba pillando la gente de su entorno más próximo y les paga con algo que no siempre el mentiroso acaba captando: la incredulidad ante todo lo que dice, el poner entre comillas cualquier información que no haya sido comprobada personalmente… -Que la casa me costó tanto… -¿Sí?- mientras piensan: “Ya será menos…” -Pues el otro día en la calle me pararon para decirme lo guapa que estaba… -Que bien, ¿no? – y mentalmente aducen: “Como no haya sido tu abuelo…” -Me echaron del trabajo porque me tenían envidia… -Pobrecita, ¡que mala leche! - … “¡Anda ya! Que alguna gorda debías montar…” Entiendo que puede sonar hasta divertido, pero en verdad es más bien triste, pues que dejen de confiar en ti, en lo que dices, tus conocidos o amigos puede ser soportable, pero, ¿que pasa si tu pareja descubre ese juego e intenta convivir con él, o procura convencerte para que dejes de hacerlo? La respuesta a lo primero es evidente: no será fácil mantener el amor por alguien que te obliga a desconfiar… Lo segundo quizás pueda parecer factible, pero mucho me temo que más bien será una misión imposible: para convencer a alguien que acostumbra a mentir de la necesidad de aflojar primero has de conseguir que acepte su problema, que admita que es un mentiroso. Dicho así no parece fácil, ¿verdad? Hablamos del mentiroso compulsivo, pero mucho de lo dicho puede ser aplicable a cualquiera que utilice la bola como un recurso para salir de un problema, sea con más o menos constancia: si alguien te atrapa in fraganti en una soberbia mentira se produce inmediatamente una reacción en cadena que puede derrumbar en un momento toda la credibilidad que te hayas ganado: descubriendo que puedes ser falso la gente adquiere el derecho a dudar de todo lo que anteriormente hayas dicho y de todo lo que en un futuro puedas aducir. No, no será fácil conseguir que nuestros hijos entiendan cual debe ser el proceder correcto. Desde muy pequeños sentirán la necesidad de excusarse, de defender a toda costa su inocencia, aunque sean culpables, de conseguir aquello que anhelan como sea,… “Yo no he sido”; “Lo he hecho porqué me ha dicho Juan que lo haga”, “Papá me ha dado permiso para salir”;… ¿Te suenan? Ante esa innata necesidad los padres debemos predicar con el ejemplo siempre, aunque a veces pueda ser más costoso que montar una inocente farsa. A menudo me sorprendo de la capacidad de algunos adultos para engañar a sus hijos con la estúpida excusa de que así se sentirán mejor: “No, cariño, mamá no se va al cine con papá, solo bajo a tirar la basura” (y la mamá no vuelve hasta la madrugada&hellip
; “No, hoy no podemos ir al parque porqué hay una rata enorme y la tienen que cazar…” (y la verdad es que hoy no tenemos tiempo&hellip
;… Más predicar con el ejemplo no significa tener la obligación de responder a todas las preguntas, de contar siempre la verdad. Debemos entender que puede haber mentiras mágicamente necesarias (los Reyes Magos no son papá y mamá&hellip
y falsedades emocionalmente convenientes (la abuela se murió y ahora está en el cielo y desde una estrella te va a&hellip
. También debemos integrar la obligación de discernir en cada momento lo que puede ser asumible para un niño y lo que no está preparado para digerir. Y debemos mostrarles que toda persona, aunque te ame con locura, debe guardar un espacio para su intimidad. Así, ¿no será mejor para la educación de los hijos argüir que no podemos contestar, o que no queremos, que salir por la tangente con alguna trola de fácil invención? Bueno, bueno, ¡bueno! ¡Lo hice! En el tintero dejé muchas cosas pero creo que conseguí transmitir un poco aquello que tanto ansiaba comunicar: En el mundo, en la vida y en el amor las mentiras no deberían tener lugar. Ser honestos y sinceros no siempre será fácil, no siempre será lo más productivo a un corto plazo, pero a la larga es la única forma de mantener nuestras relaciones limpias y confiadas, a la larga nos evitaremos algo que puede llegar a ser terrible: que nuestra vida acabe asentándose en aquello que producimos o que nos quieren ofrecer, en una grandísima e insostenible mentira…Tags: amor, desamor, romance, literatura romantica, romantico, romantica, platonico
Vivimos en un mundo donde cada vez más los sueños son tachados fácilmente de utopías y descartados por su irracionalidad. Vivimos en un mundo lleno de deprimentes realidades y en nuestra decadencia las ilusiones acaban disfrazándose de ilusorias ridiculeces, y en nuestra ruina las soluciones justas y normales terminan alejándose tanto que tienden a parecer locuras. Llamamos loco al soñador y al justiciero lo condenamos por hipócrita. Centrado y equilibrado será el hombre que sigue las pautas marcadas sin protestar, y al que se aprovecha de los preceptos del juego terminamos admirándolo por poderoso. Toleramos a los que se hunden en la rendición y miramos mal al que se rebela. ¿Qué clase de mundo tenemos?
Los más apasionantes sueños nos elevan, nos llevan volando hacia las nubes. Allí y solo allí los ángeles de la gloria nos acariciarán con un poco de su magia, con un mucho de su ilusión. ¿Cómo vamos a conseguir tal maravilla si nos pegamos a la real tierra?
El tiempo raramente se pierde, y menos aún cuando depende de nuestra voluntad su destino.
Venden diamantes las presumidas conciencias y dejan sus blancos rotos, pues con sus amantes sugestiones no suscriben contratos.
No osas pedir garantías al destino, por muy ducho que seas, pues sabes bien que jamás las recibirías. Y al final, aunque no quieras, cazas lo que te vino, lo abrazas y lo encabes en tu fortuna. Pues aprendiste ya en la cuna que tratar de salir del canal al que el río de la vida te ha llevado no tiene porque ser inteligente.
Cuando mis hijos eran pequeños recuerdo que solía dormirlos en mis brazos. Aunque era cansado me encantaba acunarlos y cantarles aquellas nanas que me inventaba con algunas de mis melodías más queridas. A veces pensaba que ya se habían dormido y seguía teniéndolos un rato. Eran momentos de una ternura suprema y todo mi ser sonreía al contemplarlos. Y entonces ocurría: abrían sus ojitos y me miraban, se aseguraban que yo seguía allí y luego volvían a dormir. Con un suspiro de tranquilidad cerraban su inspección... Que preciosa experiencia... Solo para vivirla ya valía la pena nacer... Porque aquel suspiro le daba un sentido muy especial a mi existencia. Y le sigue dando... Mis hijos han crecido y ya no puedo mecerlos, pero aun siento muchas veces aquel suspiro: en un beso, en un “te quiero papá”, en un abrazo, en una mirada o en un gesto percibo aún periódicamente aquel tranquilo suspiro que dice: “Gracias por estar aquí...” Y es precisamente en eso donde debe radicar la magia del amor que mientras viva quiero ofrecerles. Pasarán los años y tarde o temprano escogerán sus propios caminos, pero quiero que tengan siempre presente que su padre, su papá, su papi, sigue estando allí.
El amor oculta muchos tesoros, preciadas joyas que pueden enriquecer una relación entre dos personas hasta convertirla en excelsa. La libertad es uno de ellos. La confianza debe ser otro… Yo soy libre para amarte y así me debo sentir. El amor no puede ser el pago de nada y nunca se puede tomar como algo obligado, ni en la magnitud ni en la forma. Si lo que siento por mi amada no es suficiente, si lo que muestro y lo que estoy dispuesto a dar no alcanza los mínimos entonces seguramente deberemos empezar a hablar de desamor. Pues si amo de verdad no dejaré lugar para las dudas, para la insegura desconfianza. Si amo de verdad mi pareja no precisará más explicaciones que las que le den mis miradas, mis besos, mis palabras, mis silencios,…
si le cortas las alas a tu amor, si le privas de la libertad, si pretendes encadenarlo a ti, no vas a conseguir mantenerlo, más bien lo contrario, obtendrás su alejamiento. El miedo a perder es normal y hay que luchar contra la desconfianza que produce. Si no sabes puedes acabar siendo tú quien provoque lo que más temes
Pasa presto el tiempo y a su lado pasa ligera la vida. A veces con el aburrimiento de cada espera se nos olvida su sentido. Otras su jubiloso discurrir paga con creces el impuesto al templo del caprichoso hado.
En el vertido de las vivencias en el foso del sentimiento se amaga la percepción que concreta nuestro estado anímico.
En la posesión de las tenencias intentamos hallar la veta que puede nutrir la paz de nuestra inquieta alma, más no calma tu andar el zapato por rico, sino por cómodo.
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La felicidad de cada uno suele acurrucarse no solo allá donde deposita sus creencias, sino que también opta demasiado a menudo por agazaparse tras los muros que impiden la visión de aquellos lugares donde las utópicas ilusiones eliminan su discapacidad.
Los enamoramientos podrían perfectamente pasar como una de las más comunes causas de la chifladura pasajera: todo tu mundo parece desaparecer y en tu cosmos es inevitable la percepción de un único astro, aquel que adquiere la forma de tu amada y que, tomando su nombre, te ilumina y deslumbra anulando cualquier otra visión. El corazón manda y los sentidos se asombran al ver como se erigen en operadores de todos y cada uno de los pensamientos que traspasan nuestro cerebro sin dar opción a ninguna lógica ni a ningún juicio. La sangre parece fluir más deprisa, quizás porque el órgano que debe bombearla se aviva en el deseo de ver compartida su pasión, y todo nuestro cuerpo se prepara para la anhelada cita que nuestra ánima debe tratar de concertar. Se podría decir que es entonces cuando un hombre alcanza el punto álgido de su inquietud, pero al mismo tiempo nadie negaría que el enamorarse conlleva una paz interior, la que surge siempre en el prólogo y en los primeros actos de los supremos sueños alcanzados, difícil de igualar. La tensión de los cuerpos, así, suele propiciar de forma incomprensible el sosiego de las almas, produciéndose un mágico meneo que invita a todo nuestro existir a bailar una música celestial que combina dulces y tiernas notas con rítmicos y movidos compases.
Quisiera nacer de nuevo. Quisiera volver a empezar. Quisiera escucharte y escucharte y hablarte y hablarte hasta que nuestras almas se aproximaran tanto en el conocimiento que no pudieran ya vivir más separadas. Quisiera amarte y besarte hasta que mi piel adoptara toda tu esencia. Quisiera pasarme tres vidas descubriendo y memorizando cada rincón, cada sombra, cada curva y cada pliegue de tu femenino y sensual cuerpo.
En los nublados hemisferios donde nuestras intenciones preparan sus actos nacen las palabras. Son palabras, nada más. Serán más o menos bellas, más o menos nobles, habitarán simplemente nuestro pensamiento o dibujarán su forma en la escritura, sean como sean, pero, acabarán por no ser nada si la reina que intenta regir nuestro destino, nuestra voluntad, previa consulta a la corte donde la conciencia y el corazón acostumbran a saldar sus polémicas decide que esas palabras no deben regar su objetivo con aquella lluvia que transporta su designio. Y suele pasar que nuestras conciencias son más listas que nuestros corazones, o quizás más cobardes, y en aquellas batallas donde nuestro futuro se dirime no siempre triunfa lo más justo, o lo más hermoso, porque todos sabemos que detrás de lo que nos acecha vestido de beldad pueden ocultarse aquellos irreversibles tropiezos que nos hunden en el pringoso fango de la decepción. Y nos volvemos prudentemente miedosos y montados en nuestros temores no llegamos a dar muchos pasos hacia unas desconocidas consecuencias que jamás conoceremos.
Con esas, nuestras apuestas sin esperada ganancia, seguramente a veces nuestro existir se evita algunos graves disgustos, pero no deja de ser menos cierto que también a lo mejor dejamos escapar algunas maravillosas vivencias entre las cuales podría hallarse aquella sublime sorpresa que podría habernos sentado en nuestro viaje terrenal en la primera clase de los elegidos. Elegidos para la felicidad, elegidos para la genialidad, elegidos para la gloria o elegidos para el amor más preciado, ¿qué más da?, cuando el tren de las oportunidades pasa y no queremos pillarlo, ¿importa mucho querer saber qué hubiera pasado? ¿Sirve de algo vanagloriarse o arrepentirse de lo que no has hecho?
La vida suele llevarnos con su caprichoso deambular y solo en contadas ocasiones podemos rebelarnos contra aquellas determinaciones que intuimos como inoportunas maquinaciones.
Un hombre puede sobrevivir con los ojos cerrados, un hombre puede taparse los oídos, adormecer sus sentidos y enclaustrar sus pensamientos, puede incluso anestesiar su corazón y encarcelar toda ilusión. Puede hacerlo, seguro, pero su letargo solo durará un tiempo limitado. Porque en la ternura de un perfumado olor no percibido, en la melodía de unas palabras sencillas no escuchadas, en la elegancia de un gesto desaprovechado o en la suave simpatía de una mirada no respondida la trama escogida para presidir todos los sueños acabará, tarde o temprano, brindando la clave que desbloqueará aquellas vanas barreras con que se pretende enturbiar la existencia.
Han pasado dos meses y sigo sin encontrarme. Sigo sintiéndome como un ingenuo aprendiz de navegante perdido en el océano del amor y como tal he esperado en vano poder regresar a aquella tranquila playa donde refugiaba antes mi apacible existencia. Pero los vientos del este siguen transportando aun demasiadas ilusiones, disfrazadas con la brisa de tu fragancia, y el armonioso son de las olas no deja de imitar tu voz, no cesa de recitar poemas y cantar canciones donde el romanticismo acaba por confundirse con tu querido nombre. Y cuando mis ojos ponen la luz, ya cansados de buscarte en cualquier horizonte de cualquier lugar, entonces mi corazón te reencuentra y ante la luna de mis sueños dibuja tu rostro y le da un beso de buenas noches. Me siento como un pescador sin red que surca las aguas de su razón sin saber que rumbo debe tomar. A veces pienso que mejor sería alcanzar alguna isla donde poder olvidarte, o incluso odiarte. Intento entonces creer que tu no eres como te imagino, que eres mujer superficial y egoísta, que no puedes costar ni uno solo de mis anhelos... Pero mi mar vuelve a agitarse y mis sentimientos te devuelven la mágica y amada imagen del ser que nació predestinado a completar mi incompleta alma. Y vuelvo a percibirte como la mujer más bella, sensual, apasionada y viva que nunca he conocido, y vuelvo a disfrutar con algún recuerdo de algún encuentro. Y vuelvo a sonreír con la sola idea que, pronto o tarde, te volveré a ver y tu mirada acariciará la mía y tus palabras quizás me ofrecerán alguna pista que pueda regalarme alguna esperanza...
Tags: amor, desamor, pareja, romance, literatura romantica, romantico, romantica
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Y así ocurrió. Ocurrió un día, una tarde, un instante. La mirada de Gerard encontró el camino de su corazón y al ver a Dora supo que aquella mujer empezaba a ocupar un lugar importante en los recónditos y misteriosos albergues donde los amores nacen y se deshacen. Quizás fue una sonrisa o puede que fuera un sensual movimiento, quizás fue una palabra más o a lo mejor un invitante silencio, la cuestión es que en aquella arenosa playa tan ricamente bañada con frases y gestos hermosos comenzó súbita y extrañamente a brotar el amor. Y fue así, de golpe,en un pasar de un momento, en un saltar de un segundo. Floreció el amor y en un riego de expectantes encuentros que el destino procuró fue embelleciendo su flor y enriqueciendo su néctar hasta límites que pocos hombres han podido ni siquiera sospechar. Y en un pasar del tiempo se construyo un sueño sublime, una preciosa ilusión que Gerard describió y nos invita a leer en este libro que recogerá sus cartas nunca entregadas y un diario donde con sus letras intentó dibujar aquello que durante muchos meses decoró con excelsos sentimientos y gloriosas sensaciones su corazón. Fue un amor extraño pero no por su rareza. Fue un amor diferente por lo poco común de su desarrollo y por la prohibición de un encuentro que facultara el roce declarado de almas y cuerpos. Fue un vuelo proscrito entre las algodonadas nubes donde los sueños se atreven a mostrar lo que nos está vedado. Fue un vuelo que halló su horizonte en las caprichosas manos de un destino poco honesto y que nunca pudo aterrizar, pero que dibujó una ruta tan increíblemente asoleada por la perfecta luz de la ilusión que quedará para siempre enmarcada como un artístico patrón a seguir por aquellos que en el aprender a amar quieran conjugar su vivir. Fue un canto a la prosa que en la lindura de las palabras sabe poetizar los sentimientos. Fue un canto a aquella esperanza que decide aventurarse en una imposible huida hacia los utópicos valles donde las eternas pasiones arraigan sus raíces. Fue un llanto por los tiempos perdidos en resignados e insuficientes quereres. Fue un llanto por los corazones desposeídos de sus mágicos latidos, aquellos que nutren de plasma a nuestros sentidos, aquellos que bombean nuestra mirada con la dulzura del cariño, aquellos que saben regalar la más preciada vida, la que vive para amar y muere por ser querida. Fue una muy linda esperanza que quiso edificar un paraíso de amor en un mundo donde poder amar resulta cada día más complejo. Fue una baldía esperanza pero en su desarrollo colmó de alegría a un corazón solitario, a un corazón que tuvo la inaudita suerte de conocer la gloria en el filo de un imposible sentimiento. Fue un triste preludio para una muerte anunciada, el fallecimiento de un vivir inmerso en aquellas mentiras que en la intersección entre proyectos y comodidades quieren sostener la existencia de las personas. Fue un afortunado preludio para un renacer de la armónica paz que preside la mesa donde las limpias conciencias y las ilusionadas almas comienzan a diseñar un futuro mejor. Fue aquel todo que en la nada sucumbe. Fue aquel silencio que en un suspiro esconde su mensaje. Fue aquel pasaje hacia la eternidad que casi todos acabamos perdiendo. Fue un armónico canto al valor de la ilusión. Fue... Fue, es y será el amor la más clara seña con que los espíritus soñadores guarnecen sus ganas de vivir. Tristes y cojos andarán aquellos que salden su existencia con los presuntos amores que perfilan su luz con acomodados egoísmos. Felices, quizás, pero incompletos morirán aquellos que en su viaje por el querer no encuentren nunca aquella extraordinaria magia que Gerard halló en su sorprendente epopeya.
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1. A la luna, a ti, mi cielo y a mis amadas estrellas.
Junio del año 2003...
Un humilde obsequio...
Con un suspiro Gerard quiso cerrar el grifo de sus pensamientos, deseando a la vez que el caudal de sentimientos que había depositado en éste, su libro, reposara su flujo en un traspaso de historias, en un renacer de nuevos mundos donde poder dirigir nuevos sueños. Iba, por fin, a dar por acabados sus escritos y en la conclusión quería hallar un merecido descanso para su inquieto corazón. Aquella apasionante ilusión que con sus letras quiso enmarcar llevaba durando ya dos años y, aunque no podía predecir cuando sucumbiría ante la impotencia o ante la explosión de un nuevo amor, pensaba que merecía los honores de una obligada deportación hacia el excelso lecho donde nuestros más preciados recuerdos se sosiegan.
Demasiado tiempo pasó para un amor que nunca mereció un beso, que nunca pudo emocionarse con un te amo que en su sentido expresar llega a ser escuchado. En el laberinto de las sensaciones tan solo intuidas se perdieron las caricias y en la tierra sin nombre donde solo se escuchan los murmullos de las almas retumbaron un sinfín de radiantes declaraciones. En un piropear precioso de la identidad de una mujer y en una descripción idílica de la vivencia de un amor imposible aquel hombre quiso retratar para él mismo, para ella y, ¿por qué no?, para cualquier ser que con la lectura quisiera mimar su sensibilidad, una increíble experiencia que en el lindar de lo imposible halló durante muchísimos instantes la perfecta felicidad.
Gerard se sentía obligado moralmente a dedicar sus memorias a la mujer que inspiró su redacción: queriendo o sin querer Dora se había erigido en una fantástica musa y merecía ser premiada con el más sentido agradecimiento. Solo ella sabía si la pureza de su amistad y la limpieza de sus intenciones en su exquisito trato la hacían merecedora de ser laureada. Pero eso no preocupaba demasiado a Gerard, ya que él seguiría creyendo, aunque le jurasen una y mil veces que estaba errado, que cualquier pensamiento mal intencionado que se ocultara detrás de la ternura de un gesto, de la dulzura de una mirada o de la fuerza de un halago debería ser siempre perdonado.
Dora sería, así, sin posible remedio ni aceptable rechazo, la principal destinataria de las románticas odas que este manuscrito iba a presentar al mundo. Pero la profundidad de muchas reflexiones que en él presentaba, la volátil presencia de su protagonista y la universalidad que suelen adoptar los cantos al amor daban a Gerard una oportunidad que pensaba no podía rechazar: debía ampliar su dedicatoria a todas las mujeres, sin exclusión. Gerard iba a hacer algo poco común para quien escribe un libro, iba a recomendar de forma preferente la lectura de sus pasajes por el edén donde los enamorados esconden sus confesiones a cualquier mujer que en su paso por la vida presintiera no haber encontrado aun el amor auténtico, aquel amor que en sus ilusionados anhelos adolescentes descubrió en un cuento o en un dormir despierta y que con los años abandonó o presintió que debería abandonar en el baúl de las frustraciones como algo utópico y novelesco...
Para ti será niña moza, para ti se escribió, chica mujer, y a ti deberá emocionarte, dama de corazón solitario. Para ti nació, esposa amada o malquerida, para ti creció, madre estimada, y a ti deberá rejuvenecer, abuela melancólica. Para todas vosotras se proyectó ese paseo por la nubes donde los ángeles cantan vuestros nombres y todas vosotras estáis invitadas a viajar en la primera clase de las elegidas para ser adoradas y a sentiros protagonistas de este romántico cántico a unos encantos que podrían haber sido los vuestros. Porque en ti, en cada una de vosotras, se halla ese deseo de ser perfectamente amada y todas, aunque muy a menudo intentéis amagarlo en vanas inseguridades o disfrazarlo con ingenuas desconfianzas o estúpidos egoísmos, sois poseedoras de ese mágico don que puede convidar a un hombre a despertar sus sentimientos más nobles y puros. Y ahora estáis a punto de descubrir que ese don no surge solo de vuestro agraciado físico ni habla únicamente con vuestra melódica voz, ese don no se puede comprar con ropas caras ni trampear con operaciones estéticas, porque ese don solo aparece en la pureza de vuestro corazón, en un mostraros como realmente sois, y construye su imperio en el valle donde las miradas cómplices y transparentes realzan su admiración e invitan a la confianza, donde las sonrisas dulces y abiertas acarician el ego del ser amado, donde las palabras y los hechos miman la fuerza del querer, donde los besos y los abrazos convidan a las pasiones para ridiculizar su fuerza al mostrarles el verdadero poderío del amor, el que otorga la entrega de almas y el que surge de la comunión de deseos y proyectos, de la unión de dos corazones para convertirse en uno solo.
Y al escribir esta dedicatoria Gerard se sintió bien. Porque él había sido siempre un hombre muy observador de la naturaleza humana y en sus observaciones había dedicado largos tiempos a intentar entender algo que admiraba profundamente pero que demasiadas veces huía de su comprensión: la esencia femenina. Gerard había siempre intuido en todas las mujeres un potencial enorme para la felicidad y a la vez un contradictorio proceder que parecía muy a menudo programado para rechazarla. Muchas veces, valorando la innata tendencia del sexo contrario a conquistar con el físico lo que el espíritu anhela, Gerard pensó que en el ejército femenino la belleza creaba unos rangos que en verdad no deberían existir. Otras veces, analizando la facilidad que muchas mujeres tenían para quejarse sistemáticamente de aquello que habían conseguido, Gerard valoraba como absurda y poco inteligente una actitud que, en vez de luchar por mejorar lo propio, se limitaba a criticarlo, no entendiendo que quien hunde en el pozo de los desprecios sus posesiones acaba ahogándose con su propia condena. Si con la lectura de sus escritos alguna mujer iba a reflexionar sobre su vida en general y sobre su historia sentimental, en particular, él no podía saberlo, pero estaba convencido que en sus pensamientos había material suficiente para motivar este propósito.Tags: amor, desamor, pareja, romance, literatura romantica, romantico, romantica
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