Lunes, 25 de agosto de 2008
Hace días que estoy aplazando un tema en ese, mi diálogo con la vida y el amor, que me resulta extremadamente difícil de tomar. Hoy me voy a decidir y me encaminaré con las palabras por una senda que se me presenta minada por los recuerdos y vallada por la necesidad de evitar contar precisamente lo que voy a defender: la verdad. Con eso no quiero decir que vaya a lanzar al agua del papel mis argumentos protegidos con salvavidas y disfrazados para enturbiar su claridad, simplemente aviso de que el mal uso de la verdad me ha hecho mucho daño en mi ya larga vida y anuncio que voy a evitar hacer referencias claras sobre las implicaciones que el tema tiene en mis relaciones con personas concretas. Dicen que la verdad, aunque sea una, a menudo puede tener varias caras. Estoy de acuerdo: si yo te cuento que tu abrigo tiene una mancha y tu lo constatas la certeza de lo dicho será irrevocable, pero si yo te cuento que no me hablo con alguien por tal y cual motivo, harás muy bien en escuchar la versión del otro si quieres hacerte una idea aproximada de lo que ha pasado realmente, una idea que muy probablemente se acercará más a un caos mentalmente incomprensible que a otra cosa. La verdad suele ser relativa en demasiadas cuestiones no perfectamente constatables y esa cualidad la convierte en una arma de fácil manipulación y a veces muy dañino disparo. Así, ¿podríamos decir que una verdad mal contada puede llegar a ser peor que una mentira? Yo creo que sí, simplemente porque su falsedad suele ser menos fácil de detectar. Una cuestión delicada de preguntarse sería: Si la verdad puede tener varias caras, ¿cuántos rostros puede presentar la mentira? Imposible de calcular, ¿verdad? No sé si fue nuestra sociedad, u otras anteriores, la autora de esa romántica falacia: “Se coge antes a un mentiroso que a un cojo”. Convengo en que esa sentencia puede ser verdadera cuando nos encontramos ante una monumental mentira, pero los que llevamos años bregando en ese mundo tan traicionero que nos ha tocado sabemos que hay muchos astutos embusteros, ingeniosos patrañeros y retorcidos boleros que podrían editar una enciclopedia de cómo engañar al más listo, de cómo disfrazar una farsa a conveniencia hasta que parezca una verdad irrevocable. No, desgraciadamente los cogidos, los pillados por el toro de la condena, acaban siendo más las víctimas de los patrañeros que no los propios mentirosos. Si un día mis hijos me preguntan donde se encuentra la nobleza no dudaré en decirles que en la sinceridad, en la transmisión y la búsqueda de la verdad. Si me preguntan donde hay mayores provechos y beneficios, ¿qué debo responder? ¿Entenderán ellos que la honestidad puede ser por sí misma un provecho? ¿Comprenderán que de la cuidada ética y la irreprochable conciencia se pueden obtener beneficios? ¿Les estaré respondiendo de esa manera con la verdad? No, la mentira es más provechosa en muchos más campos y puede llegar a ofrecer muchos más y más variados beneficios que la verdad. En la era de la hipocresía, ¿se puede afirmar otra cosa? Mintiendo uno puede conseguir poder, bienes materiales y prestigio. Adulterando la verdad uno puede limpiarse de toda culpa o responsabilidad, ganarse el aprecio de los demás, o la pena, o incluso la admiración, si se prefiere. ¿Y entonces? ¿Como podemos vender la necesidad de apostar por la verdad si somos conscientes que ello implica enfilar un camino mucho más abocado a los riesgos? ¿Qué por qué digo eso? Venga, si está muy claro: si quieres luchar contra una mentira con unas mínimas garantías de vencer usa la imaginación e inventa otra mentira, cuanto más exagerada mejor. Porque con la verdad puedes entrar en combate, sí, e incluso puedes ganar el pleito, pero si al final lo consigues no dudes que tu triunfo será apelado por la parte contraria alegando juego sucio, falsedad en las pruebas o cualquier otra argucia. Y es que, mientras la verdad lo único que pretende es mantener el campo donde se retratan los hechos o las relaciones limpio y claro, la mentira se dedica a sembrar dudas, a manipular los útiles y a contaminar cualquier semilla de razón. Y así, ¿a ver quien es el guapo que consigue un campo neto y florecido? Si alguien que te quiere mal o que está resentido contigo empieza a contar que te han pillado con una señora saliendo de un meublée, que te despedías con un beso apasionado y que parece ser que no es la primera vez… ¿Cómo diablos te defiendes? Jurarás que es una invención, dirás que siempre has sido fiel a tu mujer, que puedes demostrar que aquel día estabas en otra ciudad,… Muy difícilmente conseguirás limpiarte. La verdad estará manchada y aunque tus argumentos puedan ser fundados y demostrables siempre quedará una sombra. Conseguirás como mucho sembrar la duda sobre la mentira, una duda que quedará fluctuando entre lo cierto y lo incierto. Pues, ¿que dicen siempre las malas lenguas? “Cuando el río suena, agua lleva…” Y tu ya puede alegar, una y mil veces: “Pero uno es inocente hasta que no se demuestre lo contrario…” ¿Para qué? Para casi nada servirá, ya que, “si el río ha sonado…” Hay algo en el mentiroso compulsivo que quizás sí que podríamos utilizar en su contra. Podríamos contar a nuestros hijos el cuento de aquel pastor que mintió varias veces anunciando el ataque del lobo, consiguiendo movilizar a todo un pueblo para luego reírse. El día que el lobo apareció de verdad nadie, nadie, acudió a sus demandas de socorro… He podido constatar que aquel o aquella que se acostumbra a sacar provecho de las mentiras acaba viciándose tanto que suele traspasar el límite de lo prudente. Empiezan mintiendo sobre cuestiones realmente importantes y terminan mintiendo sobre cualquier cosa, a veces sobre verdaderas tonterías que no precisarían de ningún apaño. Y allí sí, allí les acaba pillando la gente de su entorno más próximo y les paga con algo que no siempre el mentiroso acaba captando: la incredulidad ante todo lo que dice, el poner entre comillas cualquier información que no haya sido comprobada personalmente… -Que la casa me costó tanto… -¿Sí?- mientras piensan: “Ya será menos…” -Pues el otro día en la calle me pararon para decirme lo guapa que estaba… -Que bien, ¿no? – y mentalmente aducen: “Como no haya sido tu abuelo…” -Me echaron del trabajo porque me tenían envidia… -Pobrecita, ¡que mala leche! - … “¡Anda ya! Que alguna gorda debías montar…” Entiendo que puede sonar hasta divertido, pero en verdad es más bien triste, pues que dejen de confiar en ti, en lo que dices, tus conocidos o amigos puede ser soportable, pero, ¿que pasa si tu pareja descubre ese juego e intenta convivir con él, o procura convencerte para que dejes de hacerlo? La respuesta a lo primero es evidente: no será fácil mantener el amor por alguien que te obliga a desconfiar… Lo segundo quizás pueda parecer factible, pero mucho me temo que más bien será una misión imposible: para convencer a alguien que acostumbra a mentir de la necesidad de aflojar primero has de conseguir que acepte su problema, que admita que es un mentiroso. Dicho así no parece fácil, ¿verdad? Hablamos del mentiroso compulsivo, pero mucho de lo dicho puede ser aplicable a cualquiera que utilice la bola como un recurso para salir de un problema, sea con más o menos constancia: si alguien te atrapa in fraganti en una soberbia mentira se produce inmediatamente una reacción en cadena que puede derrumbar en un momento toda la credibilidad que te hayas ganado: descubriendo que puedes ser falso la gente adquiere el derecho a dudar de todo lo que anteriormente hayas dicho y de todo lo que en un futuro puedas aducir. No, no será fácil conseguir que nuestros hijos entiendan cual debe ser el proceder correcto. Desde muy pequeños sentirán la necesidad de excusarse, de defender a toda costa su inocencia, aunque sean culpables, de conseguir aquello que anhelan como sea,… “Yo no he sido”; “Lo he hecho porqué me ha dicho Juan que lo haga”, “Papá me ha dado permiso para salir”;… ¿Te suenan? Ante esa innata necesidad los padres debemos predicar con el ejemplo siempre, aunque a veces pueda ser más costoso que montar una inocente farsa. A menudo me sorprendo de la capacidad de algunos adultos para engañar a sus hijos con la estúpida excusa de que así se sentirán mejor: “No, cariño, mamá no se va al cine con papá, solo bajo a tirar la basura” (y la mamá no vuelve hasta la madrugada&hellipGuiño; “No, hoy no podemos ir al parque porqué hay una rata enorme y la tienen que cazar…” (y la verdad es que hoy no tenemos tiempo&hellipGuiño;… Más predicar con el ejemplo no significa tener la obligación de responder a todas las preguntas, de contar siempre la verdad. Debemos entender que puede haber mentiras mágicamente necesarias (los Reyes Magos no son papá y mamá&hellipGuiño y falsedades emocionalmente convenientes (la abuela se murió y ahora está en el cielo y desde una estrella te va a&hellipGuiño. También debemos integrar la obligación de discernir en cada momento lo que puede ser asumible para un niño y lo que no está preparado para digerir. Y debemos mostrarles que toda persona, aunque te ame con locura, debe guardar un espacio para su intimidad. Así, ¿no será mejor para la educación de los hijos argüir que no podemos contestar, o que no queremos, que salir por la tangente con alguna trola de fácil invención? Bueno, bueno, ¡bueno! ¡Lo hice! En el tintero dejé muchas cosas pero creo que conseguí transmitir un poco aquello que tanto ansiaba comunicar: En el mundo, en la vida y en el amor las mentiras no deberían tener lugar. Ser honestos y sinceros no siempre será fácil, no siempre será lo más productivo a un corto plazo, pero a la larga es la única forma de mantener nuestras relaciones limpias y confiadas, a la larga nos evitaremos algo que puede llegar a ser terrible: que nuestra vida acabe asentándose en aquello que producimos o que nos quieren ofrecer, en una grandísima e insostenible mentira…

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Sábado, 26 de julio de 2008

Vivimos en un mundo donde cada vez más los sueños son tachados fácilmente de utopías y descartados por su irracionalidad. Vivimos en un mundo lleno de deprimentes realidades y en nuestra decadencia las ilusiones acaban disfrazándose de ilusorias ridiculeces, y en nuestra ruina las soluciones justas y normales terminan alejándose tanto que tienden a parecer locuras. Llamamos loco al soñador y al justiciero lo condenamos por hipócrita. Centrado y equilibrado será el hombre que sigue las pautas marcadas sin protestar, y al que se aprovecha de los preceptos del juego terminamos admirándolo por poderoso. Toleramos a los que se hunden en la rendición y miramos mal al que se rebela. ¿Qué clase de mundo tenemos?

Los más apasionantes sueños nos elevan, nos llevan volando hacia las nubes. Allí y solo allí los ángeles de la gloria nos acariciarán con un poco de su magia, con un mucho de su ilusión. ¿Cómo vamos a conseguir tal maravilla si nos pegamos a la real tierra?

El tiempo raramente se pierde, y menos aún cuando depende de nuestra voluntad su destino.

Venden diamantes las presumidas conciencias y dejan sus blancos rotos, pues con sus amantes sugestiones no suscriben contratos.

No osas pedir garantías al destino, por muy ducho que seas, pues sabes bien que jamás las recibirías. Y al final, aunque no quieras, cazas lo que te vino, lo abrazas y lo encabes en tu fortuna. Pues aprendiste ya en la cuna que tratar de salir del canal al que el río de la vida te ha llevado no tiene porque ser inteligente.

Cuando mis hijos eran pequeños recuerdo que solía dormirlos en mis brazos. Aunque era cansado me encantaba acunarlos y cantarles aquellas nanas que me inventaba con algunas de mis melodías más queridas. A veces pensaba que ya se habían dormido y seguía teniéndolos un rato. Eran momentos de una ternura suprema y todo mi ser sonreía al contemplarlos. Y entonces ocurría: abrían sus ojitos y me miraban, se aseguraban que yo seguía allí y luego volvían a dormir. Con un suspiro de tranquilidad cerraban su inspección... Que preciosa experiencia... Solo para vivirla ya valía la pena nacer... Porque aquel suspiro le daba un sentido muy especial a mi existencia. Y le sigue dando... Mis hijos han crecido y ya no puedo mecerlos, pero aun siento muchas veces aquel suspiro: en un beso, en un “te quiero papá”, en un abrazo, en una mirada o en un gesto percibo aún periódicamente aquel tranquilo suspiro que dice: “Gracias por estar aquí...” Y es precisamente en eso donde debe radicar la magia del amor que mientras viva quiero ofrecerles. Pasarán los años y tarde o temprano escogerán sus propios caminos, pero quiero que tengan siempre presente que su padre, su papá, su papi, sigue estando allí.

El amor oculta muchos tesoros, preciadas joyas que pueden enriquecer una relación entre dos personas hasta convertirla en excelsa. La libertad es uno de ellos. La confianza debe ser otro… Yo soy libre para amarte y así me debo sentir. El amor no puede ser el pago de nada y nunca se puede tomar como algo obligado, ni en la magnitud ni en la forma. Si lo que siento por mi amada no es suficiente, si lo que muestro y lo que estoy dispuesto a dar no alcanza los mínimos entonces seguramente deberemos empezar a hablar de desamor. Pues si amo de verdad no dejaré lugar para las dudas, para la insegura desconfianza. Si amo de verdad mi pareja no precisará más explicaciones que las que le den mis miradas, mis besos, mis palabras, mis silencios,…

si le cortas las alas a tu amor, si le privas de la libertad, si pretendes encadenarlo a ti, no vas a conseguir mantenerlo, más bien lo contrario, obtendrás su alejamiento. El miedo a perder es normal y hay que luchar contra la desconfianza que produce. Si no sabes puedes acabar siendo tú quien provoque lo que más temes

Pasa presto el tiempo y a su lado pasa ligera la vida. A veces con el aburrimiento de cada espera se nos olvida su sentido. Otras su jubiloso discurrir paga con creces el impuesto al templo del caprichoso hado.

En el vertido de las vivencias en el foso del sentimiento se amaga la percepción que concreta nuestro estado anímico.

En la posesión de las tenencias intentamos hallar la veta que puede nutrir la paz de nuestra inquieta alma, más no calma tu andar el zapato por rico, sino por cómodo.


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Lunes, 21 de julio de 2008

La felicidad de cada uno suele acurrucarse no solo allá donde deposita sus creencias, sino que también opta demasiado a menudo por agazaparse tras los muros que impiden la visión de aquellos lugares donde las utópicas ilusiones eliminan su discapacidad.

 

Los enamoramientos podrían perfectamente pasar como una de las más comunes causas de la chifladura pasajera: todo tu mundo parece desaparecer y en tu cosmos es inevitable la percepción de un único astro, aquel que adquiere la forma de tu amada y que, tomando su nombre, te ilumina y deslumbra anulando cualquier otra visión. El corazón manda y los sentidos se asombran al ver como se erigen en operadores de todos y cada uno de los pensamientos que traspasan nuestro cerebro sin dar opción a ninguna lógica ni a ningún juicio. La sangre parece fluir más deprisa, quizás porque el órgano que debe bombearla se aviva en el deseo de ver compartida su pasión, y todo nuestro cuerpo se prepara para la anhelada cita que nuestra ánima debe tratar de concertar. Se podría decir que es entonces cuando un hombre alcanza el punto álgido de su inquietud, pero al mismo tiempo nadie negaría que el enamorarse conlleva una paz interior, la que surge siempre en el prólogo y en los primeros actos de los supremos sueños alcanzados, difícil de igualar. La tensión de los cuerpos, así, suele propiciar de forma incomprensible el sosiego de las almas, produciéndose un mágico meneo que invita a todo nuestro existir a bailar una música celestial que combina dulces y tiernas notas con rítmicos y movidos compases.

 

Quisiera nacer de nuevo. Quisiera volver a empezar. Quisiera escucharte y escucharte y hablarte y hablarte hasta que nuestras almas se aproximaran tanto en el conocimiento que no pudieran ya vivir más separadas. Quisiera amarte y besarte hasta que mi piel adoptara toda tu esencia. Quisiera pasarme tres vidas descubriendo y memorizando cada rincón, cada sombra, cada curva y cada pliegue de tu femenino y sensual cuerpo.

 

En los nublados hemisferios donde nuestras intenciones preparan sus actos nacen las palabras. Son palabras, nada más. Serán más o menos bellas, más o menos nobles, habitarán simplemente nuestro pensamiento o dibujarán su forma en la escritura, sean como sean, pero, acabarán por no ser nada si la reina que intenta regir nuestro destino, nuestra voluntad, previa consulta a la corte donde la conciencia y el corazón acostumbran a saldar sus polémicas decide que esas palabras no deben regar su objetivo con aquella lluvia que transporta su designio. Y suele pasar que nuestras conciencias son más listas que nuestros corazones, o quizás más cobardes, y en aquellas batallas donde nuestro futuro se dirime no siempre triunfa lo más justo, o lo más hermoso, porque todos sabemos que detrás de lo que nos acecha vestido de beldad pueden ocultarse aquellos irreversibles tropiezos que nos hunden en el pringoso fango de la decepción. Y nos volvemos prudentemente miedosos y montados en nuestros temores no llegamos a dar muchos pasos hacia unas desconocidas consecuencias que jamás conoceremos.

Con esas, nuestras apuestas sin esperada ganancia, seguramente a veces nuestro existir se evita algunos graves disgustos, pero no deja de ser menos cierto que también a lo mejor dejamos escapar algunas maravillosas vivencias entre las cuales podría hallarse aquella sublime sorpresa que podría habernos sentado en nuestro viaje terrenal en la primera clase de los elegidos. Elegidos para la felicidad, elegidos para la genialidad, elegidos para la gloria o elegidos para el amor más preciado, ¿qué más da?, cuando el tren de las oportunidades pasa y no queremos pillarlo, ¿importa mucho querer saber qué hubiera pasado? ¿Sirve de algo vanagloriarse o arrepentirse de lo que no has hecho?

 

La vida suele llevarnos con su caprichoso deambular y solo en contadas ocasiones podemos rebelarnos contra aquellas determinaciones que intuimos como inoportunas maquinaciones.

 

Un hombre puede sobrevivir con los ojos cerrados, un hombre puede taparse los oídos, adormecer sus sentidos y enclaustrar sus pensamientos, puede incluso anestesiar su corazón y encarcelar toda ilusión. Puede hacerlo, seguro, pero su letargo solo durará un tiempo limitado. Porque en la ternura de un perfumado olor no percibido, en la melodía de unas palabras sencillas no escuchadas, en la elegancia de un gesto desaprovechado o en la suave simpatía de una mirada no respondida la trama escogida para presidir todos los sueños acabará, tarde o temprano, brindando la clave que desbloqueará aquellas vanas barreras con que se pretende enturbiar la existencia.

 

Han pasado dos meses y sigo sin encontrarme. Sigo sintiéndome como un ingenuo aprendiz de navegante perdido en el océano del amor y como tal he esperado en vano poder regresar a aquella tranquila playa donde refugiaba antes mi apacible existencia. Pero los vientos del este siguen transportando aun demasiadas ilusiones, disfrazadas con la brisa de tu fragancia, y el armonioso son de las olas no deja de imitar tu voz, no cesa de recitar poemas y cantar canciones donde el romanticismo acaba por confundirse con tu querido nombre. Y cuando mis ojos ponen la luz, ya cansados de buscarte en cualquier horizonte de cualquier lugar, entonces mi corazón te reencuentra y ante la luna de mis sueños dibuja tu rostro y le da un beso de buenas noches. Me siento como un pescador sin red que surca las aguas de su razón sin saber que rumbo debe tomar. A veces pienso que mejor sería alcanzar alguna isla donde poder olvidarte, o incluso odiarte. Intento entonces creer que tu no eres como te imagino, que eres mujer superficial y egoísta, que no puedes costar ni uno solo de mis anhelos... Pero mi mar vuelve a agitarse y mis sentimientos te devuelven la mágica y amada imagen del ser que nació predestinado a completar mi incompleta alma. Y vuelvo a percibirte como la mujer más bella, sensual, apasionada y viva que nunca he conocido, y vuelvo a disfrutar con algún recuerdo de algún encuentro. Y vuelvo a sonreír con la sola idea que, pronto o tarde, te volveré a ver y tu mirada acariciará la mía y tus palabras quizás me ofrecerán alguna pista que pueda regalarme alguna esperanza...


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Alguien me lo sugirió e hice la prueba, Se puede mejorar, pero la verdad es que no ha quedado mal. Os presento el primer "video" presentado en You tube con textos del libro "A la luna, a ti, mi cielo, y a mis queridas estrellas".

 







Si os ha gustado la conexión es: http://www.youtube.com/watch?v=4zy0QH8mlUc Y, ¡sorpresa! Lo subí también en inglés... A ver si así encuentro traductor...

 

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Domingo, 20 de julio de 2008

Y así ocurrió. Ocurrió un día, una tarde, un instante. La mirada de Gerard encontró el camino de su corazón y al ver a Dora supo que aquella mujer empezaba a ocupar un lugar importante en los recónditos y misteriosos albergues donde los amores nacen y se deshacen. Quizás fue una sonrisa o puede que fuera un sensual movimiento, quizás fue una palabra más o a lo mejor un invitante silencio, la cuestión es que en aquella arenosa playa tan ricamente bañada con frases y gestos hermosos comenzó súbita y extrañamente a brotar el amor. Y fue así, de golpe,en un pasar de un momento, en un saltar de un segundo. Floreció el amor y en un riego de expectantes encuentros que el destino procuró fue embelleciendo su flor y enriqueciendo su néctar hasta límites que pocos hombres han podido ni siquiera sospechar. Y en un pasar del tiempo se construyo un sueño sublime, una preciosa ilusión que Gerard describió y nos invita a leer en este libro que recogerá sus cartas nunca entregadas y un diario donde con sus letras intentó dibujar aquello que durante muchos meses decoró con excelsos sentimientos y gloriosas sensaciones su corazón. Fue un amor extraño pero no por su rareza. Fue un amor diferente por lo poco común de su desarrollo y por la prohibición de un encuentro que facultara el roce declarado de almas y cuerpos. Fue un vuelo proscrito entre las algodonadas nubes donde los sueños se atreven a mostrar lo que nos está vedado. Fue un vuelo que halló su horizonte en las caprichosas manos de un destino poco honesto y que nunca pudo aterrizar, pero que dibujó una ruta tan increíblemente asoleada por la perfecta luz de la ilusión que quedará para siempre enmarcada como un artístico patrón a seguir por aquellos que en el aprender a amar quieran conjugar su vivir. Fue un canto a la prosa que en la lindura de las palabras sabe poetizar los sentimientos. Fue un canto a aquella esperanza que decide aventurarse en una imposible huida hacia los utópicos valles donde las eternas pasiones arraigan sus raíces. Fue un llanto por los tiempos perdidos en resignados e insuficientes quereres. Fue un llanto por los corazones desposeídos de sus mágicos latidos, aquellos que nutren de plasma a nuestros sentidos, aquellos que bombean nuestra mirada con la dulzura del cariño, aquellos que saben regalar la más preciada vida, la que vive para amar y muere por ser querida. Fue una muy linda esperanza que quiso edificar un paraíso de amor en un mundo donde poder amar resulta cada día más complejo. Fue una baldía esperanza pero en su desarrollo colmó de alegría a un corazón solitario, a un corazón que tuvo la inaudita suerte de conocer la gloria en el filo de un imposible sentimiento. Fue un triste preludio para una muerte anunciada, el fallecimiento de un vivir inmerso en aquellas mentiras que en la intersección entre proyectos y comodidades quieren sostener la existencia de las personas. Fue un afortunado preludio para un renacer de la armónica paz que preside la mesa donde las limpias conciencias y las ilusionadas almas comienzan a diseñar un futuro mejor. Fue aquel todo que en la nada sucumbe. Fue aquel silencio que en un suspiro esconde su mensaje. Fue aquel pasaje hacia la eternidad que casi todos acabamos perdiendo. Fue un armónico canto al valor de la ilusión. Fue... Fue, es y será el amor la más clara seña con que los espíritus soñadores guarnecen sus ganas de vivir. Tristes y cojos andarán aquellos que salden su existencia con los presuntos amores que perfilan su luz con acomodados egoísmos. Felices, quizás, pero incompletos morirán aquellos que en su viaje por el querer no encuentren nunca aquella extraordinaria magia que Gerard halló en su sorprendente epopeya.


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Jueves, 17 de julio de 2008
A petición de algunos lectores voy a ir introduciendo de vez en cuando algunas citas del libro "A la luna, a ti, mi cielo, y a mis queridas estrellas". Las iré agrupando y numerando en las entradas a partir del título "A la luna, a ti, mi cielo... Pensamientos y reflexiones..."


 El mágico don que puede convidar a tu futura pareja a despertar sus sentimientos más nobles y puros no surge solo de tu agraciado físico ni habla únicamente con tu melódica voz, ese don no se puede comprar con ropas caras ni trampear con operaciones estéticas, porque ese don solo aparece en la pureza de tu corazón, en un mostrarte como realmente eres. ese don construye su imperio en el valle donde las miradas cómplices y transparentes realzan su admiración e invitan a la confianza, donde las sonrisas dulces y abiertas acarician el ego del ser amado, donde las palabras y los hechos miman la fuerza del querer, donde los besos y los abrazos convidan a las pasiones para ridiculizar su fuerza al mostrarles el verdadero poderío del amor, el que otorga la entrega de almas y el que surge de la comunión de deseos y proyectos, de la unión de dos corazones para convertirse en uno solo.

Soy libre para amar, soy libre para soñar y de mi potestad debe nacer el poder de elegir que ilusiones pueden emocionarme y que ideales deben motivarme.

Las únicas verdades absolutas residen en la ciencia y no se puede discutir sobre percepciones cuando la mayoría de las cosas que vivimos, sentimos o argumentamos por naturaleza no pueden dejar de nadar en la asombrosa charca donde la relatividad nos mancha con la diversidad.

 No podemos derrumbar aquellos sobrios pilares que aguantan nuestro existir y lo embellecen porque en su maltrato nos maltratamos a nosotros mismos y en su deshecho nos desechamos.

Porqué soñar no está prohibido y de nuestras ilusiones a nadie debemos rendir cuentas, pues a nadie dañan y son y seguirán siendo, y a Dios doy gracias, las canciones más bellas con que nuestra alma arrulla nuestras fuerzas de vivir y nuestras esperanzas en el porvenir.

Lo hermoso nunca podrá ser feo y que lo puro nunca podrá ser sucio.

 En el brillo de una estrella fugaz, aunque sea de otra galaxia, podemos hallar una ilusión, un anhelo que puede iluminarnos toda una vida.

Pero está escrito en los designios de cualquier vida, por muy maravillosa que figure, que en la conquista del todo no debe esconderse la patente de la felicidad. Y en demasiadas ocasiones los aparentes éxitos terminan concluyendo en rotundos fracasos. Porque para aquellos que no se conforman con tener, para aquellos que buscan algo más que vivir acaba teniendo más importancia sentir que poseer.

La vida enseña que cuando uno quiere alejar la percepción de algo no deseado muchas veces la oscuridad acaba escondiendo aquellas razones que pretenden empujarnos hacia ello.

Lloran las almas al perder el hogar de sus sostenes y en el rostro de los desamparados se dibujan aquellas invisibles lágrimas que fluyen del triste corazón hacia el purgatorio donde las fracturas intentan soldarse y acaban por quebrarse. Lloran los hombres incapaces de aceptar aquellas condenas que en la suerte se conjuran para producir radicales mutaciones en los aparentes cobijos de su bienestar. Lloran los hombres el silencioso e invisible llanto que de la incapacidad mana y camuflan su diario proceder de sonámbulo andar y autómata sentir, ubicando los restos de aquellas ilusiones que jamás se rinden en los nocturnos sueños que desertan de la realidad.

Suele pasar, pero, que los huecos que en los habitáculos de nuestro existir se producen son tapados a menudo sin que nosotros lo programemos. Las ilusiones perdidas tienden a generar nuevos sueños y los desamores crueles suelen engendrar nuevos amores.

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Publicado por espelta1922 @ 17:26
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Miércoles, 16 de julio de 2008























Cierra los ojos y dime si ves lo que yo veo. Cierra los ojos y escucha la tenue o enérgica caricia que el amor que te sustenta produce en tu subsistir y dime, dime por favor si oyes lo que yo. Cierra los ojos y ríndete, aunque solo sea un rato, a las palabras que desde el edén de los enamorados te voy a lanzar y dime, no seas cobarde, dime si sientes por alguien lo que yo quiero sentir por ti...
Cierra los ojos, por favor, y busca el camino más directo hacia tu corazón. Olvida el rigor que desde el recelo te manda la razón, levanta el velo que espanta a tu destino y hierra tu recto proyectar, mata el temor que a los cojos de alma ofusca y encuéntralo. Desata con calma la brida que con lo que piensas encubre sus defensas y hállalo. Percibe tu corazón, siente como vive su fuego y asegúrate que no miente. Cerciórate y luego descubre a donde van a parar los ecos que de sus latidos más puros se escapan. Investiga quien se esconde en aquellos oscuros huecos, sí, aquellos que tapan tus más sentidos y bellos sentimientos. Averigua si alguien castiga a tus tormentos a exiliarse hacia la desierta guarida de la ausencia, si alguien apacigua la habitualmente abierta herida que en la carencia de amor suele originarse. ¿Vocaliza acaso tu palpitar el nombre de tu amado? ¿Huele la brisa a la piel de tu hombre y suaviza tu mente cualquier dolor con solo pensar en él? ¿Se acelera quizás tu paso por estar a su lado o eterniza sus llegadas? Utiliza tu pesquisa para entender más allá de lo comprensible, para buscar aquellas apasionadas y bellas sensaciones que se arropan en el lecho de tu más íntimo y sensible sentir. Pon la mano en tu pecho y escudriña en la vera de tus más aceleradas pulsaciones quien motiva las ilusiones que copan hasta el último de los sueños que desde niña depositaste en el sano porvenir, quien aviva los empeños que consiguen casi todo aquello que siempre anhelaste. ¿Se estampa en tu mirada el sello que en toda mujer bien amada da resplandor a la exaltación? ¿Escampa tu sonrisa la cumplida paz que persiguen sin excepción todos los mermados de amor? ¿Sospecha tu ser que no hay en la faz de la tierra dama más querida, que una flecha te clavó en la cornisa donde los enamorados tambalean su pasión y una hermosa alianza liquidó la guerra de incertidumbres y aseguró la esperanza que endiosa a aquel que ama con bondad y que con majestad es amado? Pasean tus costumbres, seguro, el dorado orgullo que la percepción de ser pareja de compacto futuro construye, como un muro que preserva con firmeza lo que es tuyo. Tu alma ya no se reserva tras la reja de la duda, con el pacto que firmaste ya no huye la entereza y aquella canción que corteja a tu entusiasmo ensalma y muda toda tu esencia y convierte tu presencia en un extraordinario orgasmo de promesas y venturas que vierte su placer sobre tu diario proceder. Curaste los deseos de ajenas caricias con compresas de felicidad compartida y con las curas anestesiaste las penas que alimentan la desidia y asentaste tu invulnerable verdad. Y tu verdad resistirá mil careos, y en tu verdad ya no avaricias nada, y con tu verdad induces a la detestable envidia. Porqué tú vienes vestida con traje de luces, aquellas luces que iluminan la vida de los pocos elegidos para la magia, la magia que con tus latidos produces y que te asiste con los precisos bienes para darle a tu viaje aquellos visos que culminan en el más formidable fin que existe.
Cierra los ojos y dime: ¿es esta tu verdad? No, no pretendas venirme con evasivas. Ya sé que mis palabras pueden oler a quimera. Ya sé que en tu práctico credo las más altas ilusiones pueden sonar a fantasías. Pero, ¿y si descubrieras que detrás de un sueño puede encubrirse aquello que glorifica toda una vida? ¿Y si lo descubriéramos?

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Martes, 15 de julio de 2008
















Quisiera cerrar ya mi tintero, querría guardar ya mis palabras para que mis sentimientos pudieran descansar en el lecho del silencio. Me duele el corazón y mi alma empieza a desesperarse en un llanto que cada noche vuelve a suplicar al cielo, a mis queridas estrellas, que puedas algún día llegar a quererme. En la carrera del tiempo, en mi existir diario, la melancolía empieza a ganar minutos al eufórico bienestar del enamorado. Mis besos se cansan de no encontrar tu boca, mis manos empiezan a no comprender que deban acariciar el vacío cuando se les ha prometido el cielo, mis ojos se cierran y entristecen su mirada al no encontrar tan a menudo como quisieran tu anhelada sonrisa, tu soñado ser. Mis sentidos, mi cuerpo, todo yo estoy tan confundido que ahora mismo no puede planear ni mi futuro ni mi presente y mi mente empieza a exigir un cambio de rumbo, temerosa de que aquella mítica o poética sentencia que avisa que uno puede “morir de amor” llegue a verse cumplida en mi caso. No sé si puedo seguir escribiendo, no sé si debo, ¡pero lo necesito tanto! Hoy por hoy esa es aún la única vía que tengo para dejar correr libremente mis pensamientos, mis sensaciones, mis sentimientos, mi amor por ti, y siento que si me cierro este camino todo puede acabar perdiéndose en un inútil olvido. Pero no será verdad. Aunque el dolor que me invade a veces llega a ser tan profundo que hiere mi alma y rompe mi mundo, nunca podré olvidar todo aquello maravilloso que me has hecho sentir y tu imagen, tu dulzura, tus palabras y tu hermosura se han gravado de tal forma en mi existencia que en la historia de mi vida, en el libro de mis andares terrenales, tu te ha ganado ya el derecho a imprimirte en la portada. Tú me has regalado un sueño, un fantástico sueño que me ha hecho despertar de mi conformidad ante lo establecido y ha iluminado un camino que en el anhelo aparece tan hermoso que me impide ahora mismo aceptar cualquier otra salida. No puedo mirar hacia ningún otro lado y empiezo a sentirme prisionero de mis deseos, de mis esperanzas. Me encuentro encerrado en un laberinto y mi pasión por la vida se está fusionando peligrosamente con mi ilusión por explorar una presunta verdad que se edifica en una utópica hipótesis en la cual tu apareces como aquel ser único que puede llegar a fundirse eternamente con el mío. Y aunque no quiera debo. Aunque no pueda debo. Aunque me muera no quiero seguir sufriendo, no puedo seguir escribiendo y debo empezar a despedir mis declaraciones escritas, debo aprender a dejar de dibujar mis oraciones en el papel y limitar por ahora mi amor a las sencillas canciones que mis ojos, mi boca y todo mi cuerpo, mientras tengan aliento, regalen al viento, al cielo y a lo profundo de mi pensamiento. Esta habrá sido una muy bella historia de amor, un amor casi seguro imposible, un amor que solo habrá existido en el suspiro de un soñador. De ningún modo puedo jurarte, mi vida, que no llegará un día en que mi corazón se rinda al desespero de no tenerte y quiera archivarte en el rincón de los deseos no cumplidos. Si puedo, en cambio, asegurarte que ya nunca te olvidaré, Tu serás, desde ahora y para siempre, mi secreto más bello, un secreto protegido por la intimidad de una conciencia, por la soledad de una alma enamorada que quiso buscar en la ciencia del amor un lugar para la mujer amada y no lo encontró. Fueron quizás demasiadas dudas las que se lo impidieron, o a lo mejor había que pagar demasiados tributos al dolor de otros seres queridos, ¿o puede que fuera la cobardía de un hombre idealista que no se atrevió a romper con sus principios de honestidad? Sea como sea, ¿importa mucho? Seguramente mi relato acabará resumiéndose como en un cuento: “Había una vez un romántico romance que nunca llegó a existir. Había una vez un profesor, casado y con hijos, que se enamoró perdidamente de una hermosa dama que era madre de uno de sus alumnos. Pero aquel amor se perdió en un canto a las estrellas, se escondió en un baile de palabras escritas y en un colorín colorado encontró su fin sin haber siquiera empezado”. Así sea, pues. Acabo mi oda con dolor y buscaré en el tiempo otros campos donde sembrar mi pasión. Espero que mis cánticos no te hayan molestado, espero que sepas que en todo momento te he respetado, espero que recuerdes, pequeñita de mi corazón, que si ahora o algún día en tu vida amorosa se produce un vacío y no sabes dónde buscar, muy cerca de tu alma, justo al lado de tu corazón, existe un hombre que te amó y que aún te ama, un hombre que durante mucho tiempo seguirá esperando aquellas palabras mágicas que, surgidas de tus labios, le harían el ser más feliz del mundo: “¿Me invitas a un café? ¿Me invitas a tu vida? ¿Me invitas a una eternidad?” Llevo ya muchas páginas luchando por poder expresar algo que en su grandiosidad me resulta difícil definir. Un algo que se escapó ya hace tiempo de mis previsiones y que dejó totalmente cojo mi autocontrol obligándolo a andar con unas muletas talladas con la madera más hermosa y noble que jamás árbol alguno haya podido engendrar. Porqué el día que comencé a entrar en este frondoso bosque que mi amor por ti fue sembrando no podía ni soñar que se convertiría en la maravillosa selva en la cual he disfrutado y estoy disfrutando esta arriesgada pero excitante aventura, la más esplendorosa que nunca haya podido vivir. Y en cada uno de los majestuosos y gigantescos troncos que en sus extremidades han visto nacer y crecer las primaverales hojas que mi entusiasmado ser con sus vivencias generó he grabado, junto a tu nombre, un distintivo para que si nunca nadie en el futuro tuviera la suerte de encontrar la entrada de esta preciosa ilusión pueda reconocer todos y cada uno de los pasos que en mi camino seguí: te amé, te he amado, te hube amado, te amaba, te había amado, te amo, te amo, te amo, te amaré y te amaré, te habré amado, te amaría, te hubiera amado,... Y amándote conseguiré seguro un día salir de mi querida arboleda, pero mientras en ella siga alojando mi existir no dejaré de esperar que si alguien acaba descubriendo mi secreta puerta al paraíso antes de mi salida, ese alguien, cariño mío, seas tu. Y si algún día la descubres y decides entrar y aún me encuentro allí no te quepa la menor duda que con tu gesto acabarás completando una misteriosa magia capaz de transformar a un hombre cualquiera en el mortal más dichoso y feliz que nuestro mundo nunca haya contemplado. Y con esa esperanza debo ya despedirme. Con un beso a tu imagen soñada, con un abrazo al aire que nos separa, con una caricia al papel que algún día nos puede unir y con un último obsequio, un suspiro: una modesta poesía que resume mis ansias, mis penas, mis ilusiones y sentimientos, mis canciones y pensamientos, todo aquello a lo que en mi vida hoy, mi amor, aspiro: que algún día seas mía, me despido...

A la luna, a ti, mi cielo,
y a mis amadas estrellas.
Al aire, que te trajo en su vuelo,
y al son de mil canciones bellas.
Al dulce soplo del viento
y al compás del débil latido,
que deja mi corazón partido
y acaricia mi tormento.
Al llanto que me entristece
y a la marinera brisa,
al sueño, que mi ilusión mece
 y al brillar de tu sonrisa.
 Al amor vuelto leyenda
y al recitar de un poema,
 a la angustia que me quema
y a tu aroma que me prenda.

A todos ellos, cual bellos anhelos de la esperanza,
mientras el tiempo avanza y te busco en mi destino,
lanzo mis dardos, mi canto afino en forma de romanza,
 confío mi sino, los fardos pesados de la tristeza,
cual flechas de amor que mi Cupido lanza,
cual niño que reza y en su rezo encuentra el alma,
cual mar que se calma, llega a su puerto y danza.
 
Al siseo de tu nombre
y a los versos que te canto.
A la cruel honradez de un hombre
y al embrujo de tu encanto.
Al sentir de una caricia
y a la fuerza de tu aliento
al vivir de un sentimiento
y al deseo que me vicia.
 A tu cuerpo de mujer
y a tu mirada profunda.
 A mi amargo amanecer
y al bienestar que me inunda.
Al adiós vuelto hasta luego
y al quererte hasta la muerte.
A lo injusto de mi suerte
y a los miedos de mi ego.

A todos ellos, aquellos que rigen mi vida,
mi luz, tu ser, que me anida, y mi corazón partido,
 rindo homenaje, sentido por sentirte, querida,
vestido el traje, tejido de tu piel, tu aroma,
 y al cielo miro y te declaro, para siempre, pedida,
y cual paloma mensajera hago mi entrega, reposo,
y con un te amo orgulloso aquel que espera, ya no olvida.

Tuyo para siempre

Tags: amor, desamor, literatura, romantica, platonico, mujer+amada, romance

Lunes, 14 de julio de 2008

1. A la luna, a ti, mi cielo y a mis amadas estrellas.

Junio del año 2003...

Un humilde obsequio...

Con un suspiro Gerard quiso cerrar el grifo de sus pensamientos, deseando a la vez que el caudal de sentimientos que había depositado en éste, su libro, reposara su flujo en un traspaso de historias, en un renacer de nuevos mundos donde poder dirigir nuevos sueños. Iba, por fin, a dar por acabados sus escritos y en la conclusión quería hallar un merecido descanso para su inquieto corazón. Aquella apasionante ilusión que con sus letras quiso enmarcar llevaba durando ya dos años y, aunque no podía predecir cuando sucumbiría ante la impotencia o ante la explosión de un nuevo amor, pensaba que merecía los honores de una obligada deportación hacia el excelso lecho donde nuestros más preciados recuerdos se sosiegan.

Demasiado tiempo pasó para un amor que nunca mereció un beso, que nunca pudo emocionarse con un te amo que en su sentido expresar llega a ser escuchado. En el laberinto de las sensaciones tan solo intuidas se perdieron las caricias y en la tierra sin nombre donde solo se escuchan los murmullos de las almas retumbaron un sinfín de radiantes declaraciones. En un piropear precioso de la identidad de una mujer y en una descripción idílica de la vivencia de un amor imposible aquel hombre quiso retratar para él mismo, para ella y, ¿por qué no?, para cualquier ser que con la lectura quisiera mimar su sensibilidad, una increíble experiencia que en el lindar de lo imposible halló durante muchísimos instantes la perfecta felicidad.

Gerard se sentía obligado moralmente a dedicar sus memorias a la mujer que inspiró su redacción: queriendo o sin querer Dora se había erigido en una fantástica musa y merecía ser premiada con el más sentido agradecimiento. Solo ella sabía si la pureza de su amistad y la limpieza de sus intenciones en su exquisito trato la hacían merecedora de ser laureada. Pero eso no preocupaba demasiado a Gerard, ya que él seguiría creyendo, aunque le jurasen una y mil veces que estaba errado, que cualquier pensamiento mal intencionado que se ocultara detrás de la ternura de un gesto, de la dulzura de una mirada o de la fuerza de un halago debería ser siempre perdonado.

Dora sería, así, sin posible remedio ni aceptable rechazo, la principal destinataria de las románticas odas que este manuscrito iba a presentar al mundo. Pero la profundidad de muchas reflexiones que en él presentaba, la volátil presencia de su protagonista y la universalidad que suelen adoptar los cantos al amor daban a Gerard una oportunidad que pensaba no podía rechazar: debía ampliar su dedicatoria a todas las mujeres, sin exclusión. Gerard iba a hacer algo poco común para quien escribe un libro, iba a recomendar de forma preferente la lectura de sus pasajes por el edén donde los enamorados esconden sus confesiones a cualquier mujer que en su paso por la vida presintiera no haber encontrado aun el amor auténtico, aquel amor que en sus ilusionados anhelos adolescentes descubrió en un cuento o en un dormir despierta y que con los años abandonó o presintió que debería abandonar en el baúl de las frustraciones como algo utópico y novelesco...

Para ti será niña moza, para ti se escribió, chica mujer, y a ti deberá emocionarte, dama de corazón solitario. Para ti nació, esposa amada o malquerida, para ti creció, madre estimada, y a ti deberá rejuvenecer, abuela melancólica. Para todas vosotras se proyectó ese paseo por la nubes donde los ángeles cantan vuestros nombres y todas vosotras estáis invitadas a viajar en la primera clase de las elegidas para ser adoradas y a sentiros protagonistas de este romántico cántico a unos encantos que podrían haber sido los vuestros. Porque en ti, en cada una de vosotras, se halla ese deseo de ser perfectamente amada y todas, aunque muy a menudo intentéis amagarlo en vanas inseguridades o disfrazarlo con ingenuas desconfianzas o estúpidos egoísmos, sois poseedoras de ese mágico don que puede convidar a un hombre a despertar sus sentimientos más nobles y puros. Y ahora estáis a punto de descubrir que ese don no surge solo de vuestro agraciado físico ni habla únicamente con vuestra melódica voz, ese don no se puede comprar con ropas caras ni trampear con operaciones estéticas, porque ese don solo aparece en la pureza de vuestro corazón, en un mostraros como realmente sois, y construye su imperio en el valle donde las miradas cómplices y transparentes realzan su admiración e invitan a la confianza, donde las sonrisas dulces y abiertas acarician el ego del ser amado, donde las palabras y los hechos miman la fuerza del querer, donde los besos y los abrazos convidan a las pasiones para ridiculizar su fuerza al mostrarles el verdadero poderío del amor, el que otorga la entrega de almas y el que surge de la comunión de deseos y proyectos, de la unión de dos corazones para convertirse en uno solo.

Y al escribir esta dedicatoria Gerard se sintió bien. Porque él había sido siempre un hombre muy observador de la naturaleza humana y en sus observaciones había dedicado largos tiempos a intentar entender algo que admiraba profundamente pero que demasiadas veces huía de su comprensión: la esencia femenina. Gerard había siempre intuido en todas las mujeres un potencial enorme para la felicidad y a la vez un contradictorio proceder que parecía muy a menudo programado para rechazarla. Muchas veces, valorando la innata tendencia del sexo contrario a conquistar con el físico lo que el espíritu anhela, Gerard pensó que en el ejército femenino la belleza creaba unos rangos que en verdad no deberían existir. Otras veces, analizando la facilidad que muchas mujeres tenían para quejarse sistemáticamente de aquello que habían conseguido, Gerard valoraba como absurda y poco inteligente una actitud que, en vez de luchar por mejorar lo propio, se limitaba a criticarlo, no entendiendo que quien hunde en el pozo de los desprecios sus posesiones acaba ahogándose con su propia condena. Si con la lectura de sus escritos alguna mujer iba a reflexionar sobre su vida en general y sobre su historia sentimental, en particular, él no podía saberlo, pero estaba convencido que en sus pensamientos había material suficiente para motivar este propósito.

Tags: amor, desamor, pareja, romance, literatura romantica, romantico, romantica

Publicado por espelta1922 @ 18:00
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Domingo, 13 de julio de 2008



Cuando te casas firmas un contrato en el cual se suscriben muchas promesas: amarás, respetarás, en la penuria y en el bienestar... Hay una, pero, que parece que resuena especialmente en nuestra mente y a muchos se les queda grabada con fuego como una condición irrevocable: hasta que la muerte nos separe... Nos parece que contraemos un pacto con la vida y no es así, ¿verdad? O al menos no debería ser... Uno se casa por amor y con el amor apalabra su futuro, ¡solo con el amor! Yo sugeriría que a la citada sentencia se le añadiera por ley un pequeño añadido: hasta que la muerte o el desamor nos separen... Claro que, valorando la apuesta inapelable que hace la Iglesia por la indisolubilidad del matrimonio no creo que nada pudiera conseguir.
Y es que esa frase trae más tela de la en principio puede parecer... Por un lado tenemos aquellos, con perdón, estúpidos botarates que se toman al pie de la letra lo registrado y cuando su pareja les suelta que se acabó, que ya no les aman, reclaman su derecho a la alianza para siempre y responden con un violento finiquito: ¿quieres separarte?, ¡pues muérete! Ante eso la sociedad responde siempre con contundente condena, pero en el fondo en muchos casos acaba siendo más una pose que una convicción éticamente firme... Quién no a oído alguna vez a alguien comentar ante su cónyuge y los amigos, en plan informal pero con dejos de amenaza: "¡Si a mi me hace eso la/lo mato!" ¿Y "eso"? ¿Qué es eso tan terrible? ¿Dejar a la pareja por que te enamoraste de otro? ¿Dejar a "tu media vida" porque ya no soportas la convivencia con ella?
En el fondo, si lo pensamos, en la mente de mucha gente se inscribe la palabra "traición" cuando alguien decide, acompañado o no, romper el pretendido eterno compromiso para iniciar una nueva historia. Mil argumentos pueden defender esa visión: "el otro se queda destrozado", "¿Qué pasa con el tiempo invertido?", "con esfuerzo todo se puede arreglar", "para los hijos va a ser terrible",... Pero yo creo que detrás de esa presunción de ingrato delito en muchos se oculta el miedo. Sí, el miedo a saber que en verdad puede haber otra vida detrás de la que se está asumiendo, el miedo a que otros constaten que en el vivir debe esconderse algo bastante más sólido y puro que la sencilla y a menudo costosa subsistencia. Realmente, si nos paramos a reflexionar, nunca habremos oído frases de esas, de esas que aseguran la pertenencia y condenan la rotura, en boca de parejas que viven y disfrutan el amor como realmente se merece... Curioso, ¿verdad? Parece que cuanto menos consistente es el enlace emocional que une a un hombre con una mujer más se pretende asegurar la propiedad y fortalecer el control... Las formas suelen ser múltiples y muy diversas y todos las hemos visto desarrollar alguna vez, seguro: el fomentar la dependencia económica, el degradar a la pareja para que se sienta incapaz de andar sola, la amenaza sostenida, la compra de objetos deseados por el otro para que apacigüen su sed de búsqueda en otros parajes, el uso de la pena que invita a la culpabilidad ("si me dejas me muero..."),...
En verdad da que pensar... Aunque si le buscamos una lógica nos será sencillo encontrarla: a aquello que tememos perder, o que nos roben, lo encerramos bajo llave y a aquello que concebimos como inconsistente o frágil lo atornillamos donde haga falta para que no se caiga... Claro que, no estamos hablando de objetos, ¿verdad? Nos referimos a una persona que se supone que nos ama y a la cual también debería darse por sentado que amamos... I si es así, ¿donde se encabe el miedo a la perdida o a la sustracción? ¿Quién demonios se inventó que el amor puede ser endeble o fácilmente quebradizo?
No y mil veces no. Si realmente amamos y nos aman no precisamos controlar ni que nos controlen pues en ese sentimiento se graban siempre la confianza y el respeto. En el hogar donde se respira el amor no hace falta cerrar puertas ya que nadie en su sano juicio querrá escaparse. La pareja que se ama de verdad vive bajo un seguro y sólido techo y no precisa vivir pendiente de que las grietas puedan derribar las columnas donde se amarra su unión, pues amando nos proveemos de los útiles y materiales necesarios para repararlas. El amor fortalece, el desamor debilita y aquellos que intentan protegerse con tretas de la irreversible inestabilidad de una alianza emocional deberían darse cuenta que no persiguen la salvación de lo que se percibe como acabado sino que intentan disfrazar una verdad que en el fondo les asusta terriblemente.
De la misma manera podemos preguntarnos si el sentido natural de pertenencia que el amor conlleva se puede confundir con la percepción de propiedad que muchos acaban teniendo. Yo siento a los que amo como propios, los integro en mi vida y los acojo en mi corazón y acaban irremediablemente formando parte de mí. ¿Supone eso que pueda sentirlos como un patrimonio exclusivo? ¿Supone acaso el hecho de amarlos la concesión del derecho de poseerlos de por vida? No debería... Con mis propiedades materiales suelo poder disponer el uso y disfrute según la carta donde se inscriben mis intereses, el sentido de posesión me obsequia con el derecho a la utilización, a la manipulación, al control, a la guarda y custodia, a... Pero mi pareja, mis hijos, aquellos a los que amo de verdad no son ni pueden ser considerados de la misma forma, ¿verdad? Estamos hablando de personas con alma propia, con su raciocinio y su manera de conducir sus emociones, con sus necesidades, con sus afanes y sus gustos y disgustos... Nunca, por mucho que los amemos y nos amen, serán nuestros. Nunca podrán ser ni serán nuestra propiedad, una posesión más... Su vida es suya y su camino se trazará paralelo al nuestro mientras a ellos y a nosotros nos sea emocionalmente rentable... ¿Dónde está el límite? Si lo piensas viene a ser muy fácil entenderlo: una cosa es que yo te sienta mía y la otra, muy diferente, es que yo piense que eres mía. Ese sentimiento viene a ser algo precioso... Esa creencia puede ser algo muy peligroso...

Tags: amor, desamor, literatura, romantica, romantico, platonico, matrimonio

Sábado, 12 de julio de 2008
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Escribía el poeta: “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir...” En nuestro mundo actual podríamos afirmar sin errar lo más mínimo que para mucha gente esta afirmación suena a sentencia: empujados por fatales corrientes que nutren su fuerza en la injusticia, en la miseria o en la devastación de las crueles guerras, no tienen otra opción que dejarse llevar hasta el final y rezar, suplicar al destino, no ahogarse y sucumbir antes, mucho antes, del tiempo que por el simple hecho de nacer se merecían. Para los otros, pero, la historia viene a ser otra muy diferente... Con mayores o menores posibilidades, con mejores o peores expectativas aquellos que nacimos en lugares donde las libertades ofrecen reales y vivas perspectivas adquirimos el derecho a unos azares negados para los más desafortunados: El simple hecho de poder optar a la suerte de decidir como seguimos el rumbo de nuestro existir. Los hados quizás nos llenarán de males, pero sabido es que aquello que no mata la muerte perdona, y antes o después llegará la sazón para lo que es bello, para la esperanza que permite que te levantes. El desdén al tumbo que toda mudanza ocasiona puede que te invite a frenar la innata pretensión a aquel particular edén que todos anhelamos, pero muy a menudo la decisión no se hallará en la casualidad, se encontrará en nuestro poder, en el saber donde vamos y qué queremos, en el anular todo excusa que entorpezca la muy habitualmente confusa verdad que ocultan los sueños, en el deshacer el nudo que encadena nuestro vivir a la pena y traba los empeños. Nuestro camino solo acaba al final, el individuo tomado como ente prospera de forma variable, en el bien o en el mal, pero para que crezca la persona en la horma del porvenir debe anidar un asiduo invitado: el aguardo de algo mejor, la espera de un destino forjado con nuestras ilusiones. Quien cree que la vida jamás te abandona cargará perpetuamente con un pesado fardo, con la llaga que la daga que clavan las resignaciones nunca deja sanar. Cuando frenamos las pasiones pretendiendo aquel bienestar que en la costumbre se arraiga quizás conservamos nuestro mundo, pero puede que lo hagamos más por servidumbre que por vital necesidad, y al hacerlo puede también que estemos induciendo a que caiga el fecundo cielo que en la esencial expectación de algo más emocionante se construye. Y en esa necedad se asienta nuestra rendición, y con el discordante conformismo fluye aquel desconsuelo que revienta lo que nos gustaría ser y se satisface de manera más o menos traumática con lo que somos. En aquella vana plática que aturde la mente de tanta gente: “¡Para ser uno mismo primero debo saber quien soy!, se urde la espera que deshace a menudo la posibilidad real de ser nada querido, se compone la nana que adormece cada instinto de evolución, que mece lo tenido y aparta lo distinto. Y formamos un escudo que nos protege de la verdad sentida como una hereje percepción y nos predispone a aceptar lo presente como un mal menor. ¡Lo que uno siente no importa! ¡No puedo jugar la carta que corta lo instaurado, no puedo adoptar el credo de la ruptura si el hado no me asegura una suerte mejor! Y, al fin, nos dejamos llevar por la fuerte corriente que impulsa a tantos y tantos a mantener una insulsa vida. Y eso puede ser soportable para numerosas personas, pero para los que nacimos soñadores acabará cortando con el sable de la decepción las cosas en las que creímos, creando una herida en nuestro aliento que difícilmente sanará… ¿Y hace falta ser doctores para reconocer en ese sentimiento una fuente de depresión? Si aceptamos la comparación entre nuestra existencia y un río, ¿no es racional que intentemos siempre que las aguas bajen lo más netas posible? ¿No será también plausible pensar que la tendencia del caudal que nos traslada venga marcada por nuestro libre albedrío? Y cuando caiga la tormenta del desencanto y amenace con hacer zozobrar nuestra embarcación, ¿debemos abrir un paraguas que distraiga el llanto o saltar y nadar buscando aquel afluente donde nace la ilusión, donde se tienta al destemplado presente con un futuro deseado? Duro será, quizás, canjear el destino: el viento traerá un canto de sirenas que con ofrendas renovadas y juramento de enmiendas nos querrá hacer desistir, la incomprensión de la orilla definirá la osadía como cretino valor y el temor de aquellos que arrastramos y no saben nadar nos hará sentir culpables… En el nuevo camino no habrá plenas garantías de nada… Tampoco habrá hadas que con estrellada varilla creen notables prodigios… Pero el día llegará, los vestigios del pasado se irán neutralizando poco a poco con la llegada de nuevas perspectivas y aquello que sentías irá cambiando su rumbo hacia metas mucho más cercanas a la felicidad. Tu particular cruzada habrá dado un señalado tumbo que motivará que tus esperanzas sigan vivas y ya no precisarás usar profanas tretas para disfrazar la realidad. Distantes horizontes te harán mirar atrás y montes aparentemente gigantes despertaran añoranzas de lo que antes te mantenía a flote, pero no habrá jornada en la que no sientas el brote de una flor, no habrá día en el que no puedas explorar el cielo sin que te caiga encima… Tus emociones serán tu nuevo guía y con el vuelo de tu alma hacia la libertad, con las canciones de tu corazón llamando al amor, con la calma que produce el reencuentro con la naturaleza,…, subirás a la cima más alta, la que te seduce y llevas dentro desde siempre, la que amaga tu verdad, la que paga tu razón, la que exalta todo aquello que en tu voluntad reza… “Nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar…”, y algún día llegarán a ella, pero mientras eso no pase debemos procurar, si podemos, no ahogarnos en cenagales que embarren nuestros sueños. Sabido es que no siempre podremos escoger, pero también es cierto que con mucha más frecuencia de lo que pensamos querer es poder y aquello que nos frena a menudo el acceso a otros cauces más armónicos es más el miedo a nadar contracorriente que el deseo de mantener nuestro curso… Nacimos para vivir y a aquellos que se nos ha dado la oportunidad de escoger no podemos insultar a la vida asociándola con la costumbre o con normalidades escritas por otros. Dice un sabio refrán: “Más vale solo que mal acompañado”… Deberíamos todos poder navegar en barcos donde las compañías nos hagan sentir acogidos y bien amados y nos permitan ser y mostrarnos como en verdad deseamos. En el trabajo, en nuestro círculo de amistades, en el matrimonio,…, deberíamos…,¿ o no?

Tags: amor, desamor, romance, vida, romantico, romantica

Martes, 08 de julio de 2008



En el campo donde libran sus contiendas mis muy diversos sentimientos actuales seguramente yacerán al final, malheridos o fallecidos, múltiples principios que hasta hace bien poco aseguraban mi vida. Pero no me cabe duda de que algunas ideas saldrán triunfadoras. De entre todas las reflexiones que desde esta inusitada romanza me acariciaron unas cuantas terminarán enarbolando nuevas banderas que dominarán la cima de mis creencias. A veces las sentencias que pueblan nuestras teorías surgen de las experiencias vividas, o soñadas. A veces nacen de las contradicciones y a veces simplemente brotan del no siempre pautado hecho de pensar. “Pienso, luego existo”. Razono, luego vivo. En cada expresión, en cada frase hierven numerosas imágenes y de ellas se evaporan diferentes derivaciones que nos ayudan a estructurar la cadena de nuestra particular ideología. ¿Jugamos? El tema: el amor. El tablero: el corazón. Las fichas: las palabras. Las apuestas: las emociones. Los jugadores: las encadenaciones lógicas de impresiones y pensamientos. Y los árbitros: mi forma de amar, de entender la vida y de admirar sin comprender, a algunas mujeres... ¿Empezamos? ¿Sabes? No dejes nunca que la tristeza se coma la jalea de tus queridos ojos. No uses la pereza como una goma que borra las corazonadas. No permitas que tus atentos sentidos queden jamás cojos. No seas atea con las inocentes creencias que con cuentos de hadas fundaron tus primeras ideas. No te alejes de los vehementes sueños que inundaron tu juventud. Escucha tus impaciencias y no cejes en tus empeños. Deja volar tu inquietud y no tengas prisa en amar. Busca siempre aquello que enternezca a tu sonrisa. No seas, por favor, otra que no se parezca a la que quieres ser. Deberías reflexionar... En el candor de lo bello debes hallar tu ideal, en el portal del amor encontrarás la razón y en lo más profundo de tu corazón un hermoso mundo te estará esperando. Andando por la senda de las ilusiones, sin venda que oculte el objeto de tus más puras pasiones, darás con el tan desdeñoso secreto que la felicidad esconde. La verdad debe estar en ti, en lo que sientas. Allá donde te manda el instinto que tu alma erige debes ir. Olvida las travesías que el variopinto criterio de tu entorno te exige. Mueve tu vida con calma y protege el contorno de tus credos. Construye tu imperio y huye de las directrices que percibas como impuestas. Deja que tus dedos hagan sus apuestas sobre aquella piel que en las caricias arrulla tus más preciadas sensaciones. No siempre es fácil comprender... No analices los impulsos que mantengan vivas tus esperanzadas codicias, síguelos sin más. A aquel que quiera venderte tentaciones al precio de la supervivencia no le hagas aprecio, pues sólo conseguirá perderte. No eches pulsos con aquellas arriesgadas intrigas que no tengan una cadencia vital. No meches tu memoria con injustificadas mentiras. No despiertes las iras de tu más seguro puntal, tu conciencia, con odiados compromisos. No sigas nunca un atajo para llegar a la gloria. Si viertes tu existencia sobre el muro de los lamentos no aparentes tener los permisos para poseer los más agraciados alientos. No encierres bajo los vuelos de las prudentes alas de la impotencia tus recelos a volar. No erres con temor a rectificar, pues tu error podría condenarte. Tampoco resulta fácil escoger el camino... Abandona aquellas amistades que intuyas que son malas, pues tus sentimientos tienen un coste que jamás podrán pagar. De entre las bullas de mil apuestos vientos deberás reconocer el verdadero soplo que dona cumplido sentido a tus vivaces necesidades. Ata al poste de tu imperecedero cortejo a quien sepa amarte, pues con tal arte pocos vendrán a buscarte. En el acoplo de lo que haces con lo que sientes reclama siempre honestos enlaces. No olvides que el amor puede hacerse viejo sólo vistiendo con ilustres honores. No calientes demasiado la flama de lo que pides si antes no te has quemado con las lumbres de lo que das. No lustres tu retrato pidiendo el ardor del deseo sino agradeciéndolo. Con el fregar de la brisa más resplandece el arco iris en el cielo. Con el brillar de tu sonrisa, ¿no lucirán más las flores en tu pelo? No acostumbres a tu pareja a tenerte, invítala a admirarte. Y qué difícil es a veces aprender a vivir... Un buen rato nunca puede compensar el sentirte reo de la culpa. El marco de tu existencia nunca debe dibujarse como una reja. Por ti convienes a cuidarte. Por ti vas a embellecerte. Por ti enternece tu mirada. Por ti engrandece tu presencia y por ti tienes que vestirte de seda enamorada. Porque, si no es por ti, ¿quién va a quererte bien? El primer perdón puede tener disculpa, pero cuando ya has oído cien, ¿no es más sensato dejarse ir? Tu cuerpo no es una pista de pruebas. Tu cuerpo no puede ser un tifón apaga fuegos. Tu cuerpo no debe ser nunca la prenda que paga una ofrenda ni una pequeña reseña de ningún contrato. Tu cuerpo se diseñó para amar y ser amado y para tan elevado objetivo está vivo. No pierdas de vista aquellas nuevas personas que despiertan tus apegos pues en su amistosa espalda quizás podrás un día reposar tus penas. Impón la veda a todo aquello que tu corazón desdeñó, nadie te va a aconsejar mejor. Has bellas las cuerdas con las que presionas los soportes que sostienen tu firmeza, pues de su entereza va a depender que tu vida se corone con maravillosa guirnalda o se tambalee por la tensión de ataduras ajenas. La herida leve aceptará radicales cortes como remedio. Los graves males requieren suaves curas que liquiden su asedio e inviten a un suspiro que jalee un largo respiro. Y es que la vida es una grandísima aventura... Si alguien te impone arengas que impiden claramente tu bienestar no aceptes su encargo sin vacilaciones, averigua primero si en sus intenciones se amaga el egoísta querer o el altruista amar y después decide y haz lo que tengas que hacer. Sé siempre consciente que aquel que te halaga en demasía puede encubrir en lo que con sus lisonjas te pide una exigua, interesada y breve inspiración. Permite que tus sentidos actúen como esponjas, porque con cada sensación que filtren para impregnar tu esencia decorarán tu dicha con inestimable delicadeza. El querer no fía, el querer entrega sus complacidos afectos y aunque en su sustento precisa, niega con firmeza la exigencia de contraprestaciones. Los rectos raquitismos bañados de amarga tristeza nunca ganarán un envite a la soportable chicha calada de contento. Si encuentras el exquisito nexo entre hacer el amor y practicar el sexo descubrirás como el orgasmo puede llegar a conmocionar tu agitada alma. Pueden los mismos tratados comportar muy distintas emociones: lo que para unos pisa su agrado hasta provocar un espasmo de disgusto para otros encarga el más jovial entusiasmo. Si entras a nado en el real lago de los romances no infrinjas los cristalinos remolinos con adusto humor, sumérgete con abierto talante y goza. Ante los percances no finjas cauta calma, esboza soluciones y luego las pintas con aquella elegida pauta que crees será la mejor medida. La vida no siempre puede resultar una apasionante aventura... Entre lo que digo y lo que hago nunca puede haber grandes extensiones de discordancia, si no quiero ser mendigo de la más corroedora inseguridad. En la elegancia del querer se perfila la magnanimidad del ser querido. Aunque la verdad ya no se estila jamás dejará de ser la protectora de la razón. De cada consejo debes extraer tu reflexión y resolver si tu opción pasa por que sea atendido o apartado. En la discusión se hace el querer añejo, en el grito y el resentimiento se forma el poso de la aversión. No preexiste la norma que te hará feliz, no se ha prefabricado el mito de la paz interior ni es un invento la defensa del amor de tu vida... Lo dificultoso siempre se resiste pero si lo niegas entonces ya nunca podrá acaecer. Piensa siempre que sólo si eres tenaz en el rastreo de tu quimérica historia, la utopía, abrirás la posibilidad de darte un paseo por la gloria. El acoso no puede ser un desliz ni el mal trato que te veja la brida que somete a la pareja. Si riegas al amor con las lágrimas del miedo estarás abonando una planta venenosa que liquidará tu esencia. En el ruedo de la convivencia no puede haber gato encerrado, pues antes o después promete lo clandestino arañar tu sino. Y si nunca te decides a vivir, te acostumbrarás a sufrir. En la Tierra se dan más ánimas errantes entre los vivos que entre los muertos. Odiosa verdad, una realidad que espanta pero que nadie me ha negado. Soñando despierta avivarás tus ilusiones, pero si nunca llamas a la puerta de tus fantasías finiquitarás tus pasiones. Quien se aferra al suelo pantanoso verá como los huertos que abastecen sus esperanzas rechazan ser nutritivos. Cuando amas alcanzas a abrir las celosías que guarecen tus sensibilidades y todo se presenta más precioso, y todo te invita a vivir. Las engreídas vanidades no pueden tirar de renta pues son incapaces de aceptar la natural imperfección. Si en la posesión de tus íntimas necesidades no son poseídas tus perspicaces emociones no digas que has hecho el amor, limítate a explicar que saciaste una banal apetencia. Trágica y rancia puede ser la carencia de consorte más si por temor a la soledad la reemplazas por grises sucedáneos, quizás entonces tus legítimas percepciones se hundirán en un peor desgaste, en una patética circunstancia. No sises la autenticidad de tus afanes en la corte de foráneos edenes, acércate a sus plazas y funde con ellas tus planes. Las agraciadas caras no aseguran nítidas miradas, los opulentos músculos no auguran siempre cálidas alianzas y los largos penes no tienen por que conllevar sentidos placeres. La estética que te prendará no residirá en los patrones de la moda, surgirá con fuerza producida por los estímulos de tu corazón. Pero si aprendes a vivir amando, tu vida puede resultar una fantástica aventura... A medida que avanzas en la satisfacción de los encargos de tu andadura debes sentir que fomentas los alientos de tus más pulidos quereres. Los dones físicos que te describen viven atractivos en ti. Llévalos con orgullo toda tu vida y no dejes que nada ni nadie tuerza estos estupendos donativos en nombre de la herética hermosura. Cuando ceses tu camino no podrás contar tus dividendos con lo que es tuyo. Tus más valiosas rentas producirán sus intereses en aquello que has dado y en lo que has compartido. Así debe ser. En los idílicos anhelos de cada mujer se ha tejido un concepto utópico de hombre. En su destino suele implantarse un proyecto real que deberá conjurarse contra las odiosas comparaciones y demostrar que lo normal, si se aprecia como bello, puede anular los desvelos por lo quimérico. Los celos, en ocasiones, pueden ser comprensibles, incluso aceptables, pero nunca razonables. Los celos pueden dañarte pero nunca violentarte para hacer mal a quien amas. Al amor le revienta la necia desconfianza y le causa pavor la venganza. Aquello que hoy te llena mañana, puede vaciarte. Tal sentencia suele relacionarse con el poco arte de los caprichosos, pero aun siendo rigurosos en cada elección los imprevisibles cambios que nuestra maduración conlleva pueden un día aplicárnosla. Si tu compañero se asienta con exagerado placer en la avaricia, desconfía. Su codicia no tendrá tampoco clemencia contigo y serás producto de sus intercambios. Con aquel montero que se sitúa con seductora leva en puesto de vigía debes ir con cuidado: primero va a ver en ti una posible presa. Quien asevera que la apasionada gula en las camas sana la coexistencia va en su promesa muy errado: tan sólo disimula el alejamiento. Cuando el conducto de la comunicación se ahoga, aboga pronto por ventilarlo porque sino se asfixiará la convivencia. Así, no debes nunca olvidar que en la reñida partida del vivir los ases se ocultan en tu corazón... Andando al son de un sentimiento debes sentirte emocionada: cual princesa, cual cantora, cual flor que se abre, el amor siempre estrena una ilusión. No frena el mar sus olas cuando asoma por la playa. No frena el viento, no calla su aliento, cuando toma el encinar. No frena el amor, te doma y te lanza, te cautiva y aviva tu despertar. No frena el amor, te alcanza, te ata y te llena, te ilumina y mata tu pena. No frena el amor, avanza y camina, no lo extravíes, no te quedes atrás. Cuando te ríes, vives, cuando lloras, reposas. No te vuelvas holgazana, cánsate hasta que no puedas más, antes de descansar. Si te miras en el espejo y te percibes siempre fea cubrirás tu mirada con una coraza que impedirá a la gente descubrir lo que tú no encuentras, tu belleza interior. ¿Por qué decoras la cana? ¿Por qué no osas mostrar tu añejo resplandor? Aquel que te vea arrugada en su indolente visión ignorará tu corazón. Aquel que reza por tenerte suele verte igual de resplandeciente. Enlaza el pasado con el presente y muéstrate tal cual estás con descaro. En el vivir tu exterior no se ha vuelto raro, tan sólo se ha dibujado con el fulgor de tus vivencias. Las peores demencias están carentes de amor. Amando nos llenamos de cordura y aquellos que son impotentes para el cariño tarde o temprano fregarán los albores de la locura. Aquel que alimenta el aliño de sus experiencias pisando la prosperidad de los demás no merece obtener un solo provecho. El techo de un proceder tirano viene determinado por la conformidad de su víctima. En el amor no existe la última palabra. La armonía debe asumir el reto de exiliar el asustado acato y asienta el porvenir en el respeto. Deja que tu pareja abra la puerta de sus sentimientos, pues si intentas exigir su salida abriendo una brecha pueden salpicarte sus tormentos. Y al final todo puede resultar muy fácil si abrimos las emociones y nos dejamos llevar por los sentimientos. La más exquisita bienvenida realiza su viaje en la mirada de aquellos que te aman. Ni el linaje ni un contrato deben obligarte a querer a nadie. Cuando el amor irrita sus cepas a veces hay que olvidar la tuerta cosecha. Cuando la reservada afonía del corazón impide expresar las emociones, los sentimientos se tornan también callados. Ocultando lo que sientes detrás de mapas resguardados previenes los lamentos, pero también refutas mil primorosas canciones. Dejando pendientes imperiosas soluciones que te alarman, forzando la unión de lo que se divide, tapando con bienes lo que adoleces, ocultando tu perder tras las necesarias permutas, evitando romper las armonías de diversos inocentes: el inventario de las ordinarias fullerías que aguantan algunos matrimonios lo conforman muchas y diversas excusas... Y es que cuando el amor te trata mal, te sientes habilitado para insultarlo... En el desamor no existen ni querubines ni demonios. Todos somos víctimas de los mismos males y aguardamos en un desesperado purgatorio. Cuando en el oratorio de tus íntimas reflexiones rezan a diario reclusas inquietudes, quizás deberás buscar las virtudes que con tus fines actuales no mereces en otras direcciones. Aquello que te altera la sangre quizás nunca enamorará a tu corazón. Cuando la pasión bebe solo de lo físico acaba quedando sedienta. El sexo rápido es como comer un emparedado de caviar sin apenas cenar. Un intrépido tigre en la cama puede resultar tísico a la hora de dar aliento a un alma enamorada. Si lo que has leído acrecienta tus penas, olvídalo. Aquel pensamiento que aleja lo que se espera debes también ahuyentar. Si el nexo entre tu reflexión y tu ilusión no revienta la esperanza se merecerá una alabanza. Si en la calma de lo vivido y lo que vives se halla la paz, si en el equilibrio entre lo dado y lo recibido encuentras un sobrio bienestar, si en la animada expectativa de lo que te aguarda no falla tu intuición, entonces haz lo que debes: omite lo que en mi escribir te conté y sigue dejando que tu vida te invite a vivir. ¿Y ya está? Aunque he de reconocer que me he recreado con este, para mí, apasionante juego, pienso que ya hay suficiente. Más de cien ideas que invitan a la reflexión. Tan solo esto te ofrezco. No busco que las compartas. No quiero tu fe. Me conformaría con una lectura meditativa, pues aquello o aquel que te hace cavilar acaba haciéndote un muy gentil regalo.

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Sábado, 05 de julio de 2008





















Resulta imposible tirar una piedrecita a la reposada agua de una laguna sin alterarla. Con el impacto en la superficie nacerán unas concéntricas ondas que se irán alejando del punto de contacto, llegando más o menos lejos según el lanzamiento haya sido más o menos potente y el tamaño de la piedra sea más o menos grande. Si alguien llega al lugar inmediatamente después de la tirada y percibe las ondas no tiene por que entender la causa y si le da la gana le será fácil, seguro, inventar una explicación que le sea plausible: “¡He visto un pez! ¡Acaba de saltar en el agua!” ¿Y si ese alguien no va solo? Entonces no habrá una, habrá diferentes personas que, aun sin haber visto ni las ondulaciones, estarán dispuestas a jurar que una trucha, más o menos gigantesca según sus ganas de destacar, acaba de mostrarse fuera del agua. Cuando era pequeño recuerdo que jugábamos a un juego que nos encantaba. Lo llamábamos “el teléfono”. Nos poníamos con mis amigos y amigas sentados en círculo y el que empezaba a jugar tenía que decir una palabra o frase corta lo más rápido posible al oído del niño sentado a la derecha. El que recogía el mensaje lo pasaba, siempre pronunciándolo a toda velocidad, y así se continuaba hasta que el o los vocablos, o lo que quedaba de este o estos, llegaban al último niño. La gracia consistía en la premura al hablar, en ver la cara que ponía el que intentaba escuchar y, sobre todo, en descubrir cuál podía llegar a ser la transformación… Así, un “Javi es guapo” podía convertirse, mal transmitido, en un “pa’ ti un sopapo”, que nos hacía reír a todos. No, querida, no estoy borracho. Te juro que en la cena sólo he bebido agua… Ya sé que parece un poco inconexo todo lo que estoy explicando, pero si lo lees bien y sabes buscar la relación entre uno y otro relato me parece que no te será difícil adivinar a dónde pretendo llegar… Últimamente me da muchas vueltas en la cabeza algo que sé que no debería importarme demasiado pero que también entiendo que es normal que me preocupe… Estoy metido de lleno en dos historias que, según como acaben concluyendo, van a implicar más de un bombazo en mis entornos emocionales y sociales: el emocional, más próximo y querido, y el social, más distante y menos importante pero, lo intuyo, más reacio a intentar comprender nada que se salga de lo marcado como normal. Podría pasar, quién sabe, que los impactos afectaran también los tuyos, con desmesurada fuerza, si optaras por seguirme, o con rebotada implicación, si se llegara a conocer tu protagonismo. Hundido en el desamor e intentando resucitar en el amor me voy dando cuenta cada vez con más conciencia de lo que se puede esconder en el cambio de rumbo que mi vida puede sufrir. Si acabo separándome de mi mujer ya supondrá por sí solo un azote tremendo para las expectativas que mi vida familiar siempre generó. Las connotaciones naturales de este acto ya me angustian por sí solas. Si además me imagino cuántas pueden llegar a ser las derivaciones artificiales, las insinuaciones malintencionadas y las interpretaciones infundadas, entonces el espanto puede llegar a ser terrorífico. Y no te digo cuales son mis percepciones si se me ocurre pensar en que tú decidieras seguirme… El caos, ¿no crees? En nuestro mundo se produciría un seísmo de tal magnitud que sólo imaginarlo ya te tumba… Percibo que me estoy preparando para un momento trascendental de mi vida. Muy probablemente, si no se empiezan a producir cambios radicales en mis mundos interior y exterior, voy a lanzar una piedra de dimensiones incalculables al agua. Será una o serán varias, no sé, pero de lo que estoy seguro es que, aunque lance o lancemos con la mayor cautela, aunque envuelva o envolvamos las rocas con mil razones y argumentos, habrá muchos que no se conformarán con aceptar las ondas como el resultado de algo privado y normal como la vida misma. Y es así, ¿o no? El amor y el desamor, a pesar de que nos puedan parecer desde fuera inesperados e incomprensibles, deben o deberían ser siempre aceptados como una parte natural de nuestra existencia. Pero no, si al final me decido o nos decidimos a tomar decisiones entonces todo el mundo se creerá con el derecho a opinar, a juzgar e incluso a condenar. Cuanto menos nos quieran, cuanto menos nos conozcan más teorías lanzarán al aire que la ignorancia respira o, si lo prefieres, más piedras lanzarán al río intentando que la calma tarde cuanto más mejor en llegar al estuario donde intentaremos traspasar a un nuevo mar. ¿Y entonces? Las ondas producidas por nuestra acción se confundirán con las que se crearon supuestamente para describir las reales causas pero que al final siempre acaban confundiéndolas hasta teñirlas con la cruel y malintencionada sospecha. Aquello que debería estar parcialmente turbio por los efectos que cualquier ruptura comporta acabará ensuciándose por la contaminación de aquellos a los cuales no debería importarles un comino. Y yo podría decir a mi mujer un día: “Me separo porque ya no te amo y tal y cual y…”. Y a la semana, aún sin llegar al final de la cadena de transmisión, como si siguiéramos jugando al “teléfono”, podría empezar a escucharse: “¡Se separa porque ama a un tal Pascual!”. Y así, de alguna manera, se va justificando lo inexplicable. La estúpida lógica de la mayoría de la audiencia abogaría una y mil veces que esa no es una razón de peso: ¡Separarse porque uno ha dejado de amar! ¡Imposible! ¡Se ha vuelto gay y se enamoró de otro hombre! ¡Dicen que la mujer los pilló en la cama! Y así funciona… ¿Por qué? Yo consideraría varias razones, aunque seguro que habrá más… Podría hablarte de la tendencia social a buscar explicaciones que no contradigan su modus vivendi, podría explicarte que hay mucha, mucha gente que no soporta el desconocimiento y que suele afrontarlo con la invención o la mentira… También podríamos buscar en la necesidad de llenar los vacíos: ¡hay tantas personas que aceptan vivir una vida vacía de emociones! Y entonces, ¿cómo la van a llenar? Especulando con la vida de los demás, apropiándose de sus sufrimientos, enarbolando su rabia, riendo con sus alegrías y llorando con sus penas… Dramatizan nuestros dramas hasta convertirlos en tragedias y llegan a escandalizarse por el simple placer de sentenciar tus actos para consolidar la idea de que los suyos son los correctos. Aquel razonamiento de que “todo el mundo es inocente hasta que se demuestre lo contrario” ellos lo escribieron un día en el papel higiénico de su cuarto de baño. Necesitan asentar la culpabilidad de los demás para asegurar su inocencia. Si pudiera escoger un apodo para clasificar este tipo de gente los bautizaría tranquilamente con el término “buitres carroñeros de las emociones”. ¿Se nota que mi consideración de esa especie “humana” no es muy alta? Yo destacaría otra explicación para esas actitudes contaminantes, una razón que iría muy ligada a la forma de meterse en la vida de los demás que acabo de describir y que, sin duda, la convierte aún en más perversa: la tendencia natural que tienen muchos de escoger, entre todas las aclaraciones posibles, la que más atroz resulte. Claro que si solo fuera escoger… El problema es que asumen esa elección como si tuviera que ser verdad y así, sin ninguna conciencia y sin evaluar el daño que pueden causar, la transmiten a todo aquel que quiera escuchar lo cual, obviamente, implica a muchos oyentes y potenciales transmisores… Si, ya sé, no debería preocuparme demasiado el “qué dirán…”, no debería preocuparnos…, pero, valorando lo dicho, entiende que mi intuición me dice que si al final algo pasa, las consecuencias acabarán inevitablemente siendo mucho más perniciosas de lo que deberían ser. El solo hecho de pensar en eso me asusta, me enrabia, pero debo acabar entendiendo que lo que puedan decir o pensar los demás nunca debe ser un freno para nuestros actos. Y me hago un firme propósito: si nunca llega el momento en que tú me tiendes la mano y, mirando a tu alrededor te estremeces, voy a leerte ese poema con que introduje el capítulo, voy a gritar bien fuerte: ¡Déjalos!

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Martes, 01 de julio de 2008


























No hace mucho estaba hablando con alguien, una mujer, a la que quiero mucho y le contaba que en la vida casi nunca es fácil tomar decisiones: cualquier proyecto o cualquier reto, aun cuando se presenten con embalajes prometedores, implican asumir responsabilidades y aceptar riesgos. No, no suele ser sencillo… Y mucho menos lo será cuando una decisión que intuimos que nuestra supervivencia nos exige tomar conlleva un cambio radical en nuestras vidas: cuando uno corta aquella cuerda que siente que lo está ahorcando muchas veces acaba sintiendo que cae en el vacío y será muy difícil no acabar dolorido por el batacazo… Resulta contradictorio, ¿no? Pero no lo es, pues cuando esa es la única cuerda que has tenido cerca durante tiempo puedes sentir que te ahoga, sí, pero también suele ser normal que pienses que te sostiene. ¿No es verdad que si nunca nos viéramos abocados a una caída por un barranco el miedo a lo que abajo nos espera nos forzaría a agarrarnos de cualquier cosa, aunque fuera un zarzal con amenazantes e hirientes pinchos? Allí nos quedaríamos sujetos hasta la eternidad, aguantando estoicamente los dolorosos y sangrientos desgarros de nuestra piel… Allí esperaríamos sin límite que alguien nos rescatara, que alguien viniera a librarnos de nuestro dolor… Pero, ¿y si ese ángel salvador no aparece? Es más: ¿Y si la salvación radica precisamente en dejarse caer? Hace muchos años un humorista contaba un chiste que viene a ilustrar muy bien el argumento que debe seguir: Un hombre camina valientemente por la cima de un monte. Sus pasos se marcan muy cercanos al borde de un abismal precipicio cuando un torpe tropezón lo lanza al vacío… El hombre cae hacia una muerte segura cuando ve un arbusto que sobresale de la pared y, desesperadamente, alarga su brazo y consigue agarrarse. Allí reposa un rato, asustado por la idea de que esas débiles ramas no podrán aguantar su peso mucho tiempo… Entonces decide gritar: “¿Hay alguien?, ¿hay alguieeen?”. Pasado un rato, y después de muchas y angustiosas llamadas, el hombre escucha como una voz, profunda y sobrenatural, le indica: “Sí, hijo mío, estoy yo. Está Dios, tu Dios… Confía en mí: déjate caer y un ejército de ángeles te recogerá en el vuelo y te llevará, te bajará suavemente y te depositará en el suelo sin que sufras ningún daño… Confía en mí: déjate caer… Abajo te espera la gloria. Abajo te aguarda tu propio paraíso…” El hombre, aturdido, lo ha escuchado todo… No sabe que hacer y mira hacia arriba, mira hacia abajo, y vuelve a gritar: “¿Hay alguien más?”. ¿Cuántos de nosotros no hubiéramos tenido la última reacción? La caída libre hacia lo desconocido espanta a cualquiera y nunca será fácil dar ese salto que nos debe lanzar… Llegado el caso, debemos plantearnos que lo fundamental, lo que debemos valorar ineludiblemente, quizás no se halla al final del vuelo, quizás se encuentra al comienzo… A lo mejor debemos hacernos esa terrible pregunta cuya respuesta nos debería retener o empujar: ¿qué nos aterra más: lo conocido, lo que ahora mismo tenemos, o lo inexplorado, lo que puede esperarnos no solo en el camino, sino también al final? Si lo presente es aguantable y creemos que puede llegar a ser reconducible, casi seguro que daremos tiempo a la vida antes de adoptar alguna medida que lleve al cambio. Si lo que nos envuelve no nos deja respirar y ya hace mucho que tenemos claro que nunca vamos a poder darle la vuelta, entonces… entonces no debería haber otro camino… Seguramente Dios no va a enviarnos sus ángeles, posiblemente nadie va a responder a nuestros reclamos de auxilio y será muy probable que al final de la revuelta nos espere un espantoso batacazo que nos deje aturdidos y malheridos durante un tiempo… Mas todo valdrá la pena si ese salto al vacío conlleva un vuelo hacia la libertad… Todo sanará si realmente entendemos que nuestro viaje hacia un incógnito destino significa una travesía que se dirige a la recuperación del más preciado tesoro: la vida. En el chiste se soslaya una cuestión de pura fe: Si crees en Dios saltarás y no te pasará nada. Si dudas o no crees, el miedo te va a retener seguro… Si en nuestro paseo por la vida nos encontramos ante la disyuntiva de tener que escapar de una realidad asfixiante, también vamos a necesitar fe: deberemos creer en nosotros, en el destino… Deberemos saltar con una mochila al hombro. En el interior meteremos aquellos sueños que en la desesperación abandonamos, en el bolsillo un pensamiento: “Nada puede ser peor…”. Vivir sin paz es morir, vivir en el desamor es peor que vivir solo. Las cadenas no impiden nunca la caída, la provocan. Si nuestra vida nos tortura, si nuestra existencia nos mata poco a poco, ¡debemos saltar!, ¡debemos huir! ¡Huyamos!

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